Transformar a un príncipe en una rana no es nada extraordinario y se consigue con relativa facilidad. Cualquier malhumorado jefe de sección lo lleva a cabo a diario. Pero transformar a una rana en un príncipe, eso exige en alto grado arte o magia, o amor.
Heródoto de Halicarnaso es el más grande historiador que nos legó la Antigüedad, y se le considera Padre de la Historia, ni más ni menos.
Todo lo que Heródoto ve y refleja en su obra “Los nueve libros de la historia”, son las experiencias históricas del mundo antiguo escritas en una enmarañada red de sucesos particulares, de anécdotas rebosantes de vida apasionada en las cuales se agitan reyes y tiranos, árbitros de razas y comarcas como Astiages, Ciro, Cambises, Darío, Jerjes, Creso, Gelón, y los aventureros ambiciosos que corren a sus muertes desastradas como Polícrates, Histieo, Aristágoras o Mardonio, por citar sólo algunos.
Así como Heródoto no concibe el ingenio limitado a una nación o a una clase, tampoco halla limitación a las materias que despiertan su interés, marcando en sus vivencias el más enérgico contraste con los historiadores romanos y con sus imitadores de la Edad Moderna. Heródoto es más informativo, más historiador de la cultura que ningún otro historiador, y lo es por ser muy griego, es decir, por situarse ante el mundo en la actitud de despierta y activa atención que hizo que Grecia, y no otra región alguna de la tierra, sea la creadora de la ciencia y la filosofía.
Nada es inoportuno o despreciable para la infinita curiosidad de Heródoto, y es él quien brinda, a mi juicio, el primer ejemplo de ética y diversidad puras a las generaciones del porvenir. En su libro deleitoso se codean, con presentación igualmente vívida, las telas pintadas y lavables de los maságetas, y el dique que aporta tan pingüe renta a las arcas del rey de Persia; las tierras boreales de la Escitia donde el aire está cubierto de plumón que impide la vista y que hace desconfiar y conjeturar al autor intuyendo que no es plumón, sino nieve, lo que cae por el aire; y los arenales africanos en los que el simún tragó al pueblo de los psilos y a las tropas de Cambises (que por cierto ha inspirado el título “El enigma de Cambises” publicado hace muy poco); el aceite negro y maloliente que los persas extraían de los pozos con sal y asfalto, (que también nos hace recordar la cita bíblica sobre Sodoma y Gomorra en el libro de Génesis), y que nosotros llamamos petróleo, y los aromas divinos que espira la Arabia feliz descritos de un modo tan elocuente como fantástico.
No menos enigmáticas son sus citas sobre la fuente de Libia, que hierve a medianoche y está helada a mediodía, o la fuente de Etiopía, de aguas delgadísimas y perfume de violetas; del esparto, probablemente español, con que los fenicios anudaron el puente de barcas que Jerjes echó sobre el Helesponto para que sus tropas pasaran del otro lado, y el árbol de la lana con que los naturales de la India labran sus ropas (el conocido algodón); las abejas que impiden el acceso a ciertas tierras, o el ave fénix que cada quinientos años trae a la Ciudad del Sol, en un huevo de mirra, el cadáver de su padre; las serpientes aladas que defienden los árboles del incienso, poéticas sabandijas que, a través de compilaciones y bestiarios, destellarán poesía por edades y edades.
A pesar de que todo el libro es un legado de sabiduría incomparable, en lo personal se me han quedado grabadas de por vida tres escenas que Heródoto detalla con prodigalidad:
a) La portentosa respuesta cargada de sabiduría dada por el griego Solón al rey lidio Creso al inquirirle quién era el hombre más afortunado del mundo. La sencillez con que Heródoto expone tal cognición es digna de leerse y releerse en estos tiempos y en los milenios venideros.
b) Los detalles poco conocidos del nacimiento de Ciro el persa y los misteriosos acontecimientos con que su abuelo Astiages intenta deshacerse de él a través de Hárpago, su hombre de confianza; su oculta crianza en el bosque por parte de unos pastores (su madre de crianza se llamaba "perra"), y el posterior desenlace que culmina con la muerte del pequeño hijo de Hárpago, al que Astiages, en venganza, ordena sacrificar y servir en mesa real para que sea comido por su propio padre.
c) La reseña sin par sobre las costumbres egipcias (p.ej. los hombres orinaban agachados y las mujeres de pie; el hombre se hacía cargo de la casa y la mujer trabajaba fuera de ella; todo el mundo tejía empujando la trama hacia arriba, los egipcios la empujaban hacia abajo; los varones no tenían obligación con los padres, las hijas eran las que se hacían cargo de ellos), siempre contrarias por cierto a las costumbres occidentales; los portentos históricos de la civilización más grande del pasado; las peripecias y devenires del ladrón de la cámara real de Egipto durante el reinado de Rampsinito, su inigualable ingenio para burlar al faraón, y el sorprendente desenlace de este increíble episodio.
Y bueno, hay muchas más, pero tampoco se trata de ponerlas aquí.
Heródoto anota, describe, compara, infiere, rastrea orígenes e influjos, señala dependencias e imitaciones, y a veces, con su característica mesura, opone reparos intelectuales o morales sobre sus propias observaciones. Heródoto sabe muy bien sorprender en el individuo el carácter de una colectividad, pero además, aunque reacio a encuadrar en juicios morales a pueblos extranjeros, sabe caracterizar magistralmente a las civilizaciones que testimonia.
Los nueve libros de la historia, obra inmortal que adopta como subtítulo los nombres de las nueve Musas, es una obra capital que ha maravillado al mundo y despierta el asombro entre jóvenes y adultos.
La gran obra de Herodoto no la conozco, se ve que es demasiado extensa, pero se puede ver en esta clarísima reseña que haces la importancia histórica de la obra y del autor. Magnífico resumen que me de auna idea de lo que el historiador mas grande nos quiso decir.
Bueno, por fin una reseña que acredita el gran talento de Heródoto, vituperado por algunos, pero reconocido por los más. Creo que para juzgarlo hay que leer su obra, nadamás pero tampoco nada menos. Buena la reseña Os.
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viernes, 20 de febrero de 2009 | 21:28
No se por que no aparecio el comentario anterior, pero dije que es un hermoso libro, sobre todo me gusto el libro de Thalia. saludos al bloger.
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miércoles, 18 de marzo de 2009 | 2:34
en si no Talía no es la mas padre pero si se leen las tres primeras entenderan mejor a los persas.
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sábado, 18 de abril de 2009 | 23:03
todas son interesantes asi k sera mejor leer las nueve para poder opinar... y Herodoto muy padre, el padre de las letras antiguas
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martes, 28 de abril de 2009 | 20:49
alguien me contó que hay una anecdota en el libro segundo de heroidoto sobre los peyotes, pueden hablar algo sobre eso?
Publicado por Visitante
domingo, 17 de mayo de 2009 | 0:36
LOS NUEVE LIBROS ESTAN PLAGADOS DE ANECDOTAS, TODAS MUY BELLAS POR CIERTO... SOLO AY QUE LEERLOS