La sangre casi se vuelve adrenalina en la ribera, y los bateles navegan presurosos de orilla a orilla cargados de gente bulliciosa. Son seis toros, seis.
Es Tlacotalpan, la perla del Papaloapan, el día de su feria torilera. Son seis toros, seis. Ahí todos se visten de rojo como pingos, se cuelgan sus pañuelos coloraos, se montan en las lanchas y cayucos y toman por los cuernos al toro para cruzarlo a nado, ahí juntito al animal, bufido con bufido, mientras en la otra orilla aguardan los jinetes. Son seis toros, seis.
La fiesta está por comenzar; son las seis de la mañana. Primero la diversión y el trago…y al final lo espiritual. Son seis toros, seis.
Todo es rojo en Tlacotalpan ese día: el cielo, las calles, los ruedos, el ropaje de la gente; no tan sólo la sangre de los toros. Son seis toros seis. Hay visitantes de todas partes y todos se unen al fandango de la fiesta. Ahí se puede uno tomar un torito bien cargao, comer de la dulcería más típica, almorzar mariscos muy cerca del muelle. Y al filo de la mañana hay que correr, correr y correr detrás de los toros, improvisar una faena o acabar en los corrales medio muerto. Son seis toros, seis.

El ambiente es colorido; hay filigranas por todas partes. Hay también música, mucha música, principalmente jarocha. Son seis toros, seis.
Un ambiente tropical tan deslumbrante, digo yo, que es azuzado no tan solo por los toros vivos y sueltos por las calles, sino también por la dulce libación de cacahuate. Hay niños, hay mujeres, hay gente nueva y vieja, ciudadanos y extranjeros, todos encaramados en los cercos del corral. Es Tlacotalpan con sus seis toros, seis.
En Tlacotalpan poco importará si el toro quiere andar suelto corriendo por el adoquín, saltarse el vallado, cornear a un atrevido, o meterse en una casa. Para la gente es vital seguir al animal astado, tocarlo, torearlo, verlo caer muchas veces en las plazas, en los empiedres, en el lodo de la sabana. Son seis toros seis.
Es el día de la Candelaria.
Son seis toros, seis.