Surjo de entre las sombras y marcho tras la menuda figura que camina en la avenida.
De cuando en cuando me oculto entre los corredores para no darme a notar. Amy se detiene en una esquina; parece esperar un taxi. Me desvío para surgir por la otra calle. Desde un oscuro pórtico puedo ver sus movimientos; la chica otea hacia todos lados con impaciencia.
Previendo la maniobra detengo un taxi y le ordeno que espere. Amy ha abordado el suyo y cruza frente a nosotros. Circulamos por calles sombrías dando unos rodeos incomprensibles hasta que al fin irrumpimos en una zona sin tránsito. Media hora después el coche de Amy se detiene. Le pido al chófer que me deje a un par de cuadras.
Amy ha cruzado la calle pero yo no la pierdo de vista. Ahora se detiene en el pórtico de una casa. Entra. Me acerco apresurada hasta llegar a una vivienda de aspecto ruinoso. Valoro los riesgos escrutando la construcción: no parece fácil allanarla porque las tapias son altas y hay casas a los lados. Decido dar un rodeo.
Circulo a paso lento por la oscura calle de atrás. Me detengo. He dado con un estrecho espacio que hay entre dos muros que conectan con el patio. Miro hacia todas partes: la penumbra es absoluta. Aunque me raspo la espalda, adelanto entre las paredes avanzando de costado. El conducto es muy angosto pero no se ven obstáculos. En poco tiempo he alcanzado el fondo.
He visto un murito que tapona la salida pero lo remonto en silencio. Estoy en la orilla de un jardín y me encuclillo para escrutar la oscuridad: una saliente de láminas sobresale; tiene forma de rectángulo. Veo cacharros y muebles viejos arrumbados en desorden bajo un viejo tejabán. Dos gatos que corretean cruzan frente a mí sin hacerme el menor caso. Más allá han emitido chillidos que me ponen en alerta. Espero. Sigilosa, me interno por un costado.
Hay luz en una ventana y me arrimo en silencio.