Pasados unos minutos, Amy retorna a la sala.
Puedo ver en su carita de hurón tierno la seráfica sonrisa que me prende. Se acomoda en el asiento y comenta:
—¿Y ya arreglaste el problema?
Se escuchan suspiros largos.
—Qué va… las cosas siguen igual.
—¿Todavía te acosa?
—Ay, amiga, él nunca dejará de acosarme. Lo hace en el trabajo, en la casa, en la calle. Ya no lo soporto.
—¡Rayos, Susy! ¡Apártate de él!
—Dirás que es chorrada mía, pero ya no tengo paz. Me amenaza, me dice que me matará; ahora le ha dado por ir al restaurante a perturbarme. Nada le avergüenza, pero a mí me hace quedar mal con los clientes.
Amy nada dice, pero la noto pensativa.
—Vivo en el terror, se lleva mis cosas, me deja sin plata…
—¿No te da dinero?
—Todo lo contrario, pero no quiero nada de él.
—¡Oh, Susy, cuánta mierda tienes que soportar!
—Estoy harta, créemelo. A veces quisiera largarme lejos, desaparecer del mundo.
Amy se levanta de nuevo y vuelvo a perderla de vista. Ahora sólo puedo oír lo que se dicen.
—Escúchame Susy: a ti te hace falta alguien que te entienda, alguien que te proteja de bribones como ése.
Las mujeres guardan silencio. Por más que intento, no puedo distinguir a su interlocutora.
Estoy a punto de lanzar una maldición, pero me contengo.