La pareja ha salido del largo mutismo en que se pierden cuando se miran intensamente.
—¿Podrás quedarte? —musita la mujer.
—Es lo que no sé…
—Oh, Amy…
—¿Tú quieres?
—Claro… hace tanto que no vienes.
—Han sido cinco semanas, Susy, cinco largas semanas. ¿Contaste los días como yo?
—¿Contarlos? ¡Uf, linda, más que eso! No sé por qué, pero siento que el tiempo pasa muy lento después de…
Las voces se apagan.
Amy ha retornado al asiento. La miro levantar los brazos y apretar los puños; se remueve y suelta:
—Pues fíjate que a mí me …
—¿No me extrañas? —
—¿Piensas que no? Ay, Susy, si siempre te lo he dicho.
—¿Sabes? Hay días que te necesito mucho, pero nunca te apareces… y no hay modo de dar contigo.
—Conoces mi situación, tú sabes como vivo y….
—¿Te sigue jodiendo la gordinflona de Maruca?
—Nunca parará de hacerlo; estoy tan harta como tú.
—Te he dicho que te vengas, pero no has querido.
—No, no… tú sabes el motivo.
—Sí; pero al menos podrías venir no sé, cada semana, o cada…
—He venido, te he visitado —interrumpe Amy—, pero no puedo quedarme cuando veo el auto estacionado afuera.
—Ay, sí, discúlpame; lamento tanto que esté aquí cuando tú…
Hay una nueva pausa.
He visto que Amy no deja de mover las manos; noto en ella cierta carga de lascivia mezclada con inquietud. De pronto la he recordado, la he recordado devorando a Pili con los ojos muy abiertos, a una Pili enfundada en un largo sobretodo gris.
Podría decirse que la Amy de hoy es la misma descarada de aquella vez: una Amy difícil de olvidar. Su rostro pálido, sus facciones exaltadas, su respiración fatigosa, sus ojos dilatados; todos esos síntomas me revelan el pálpito que reflejan sus facciones. Amy indaga en un susurro:
—¿Qué hora es?
—Las once y cuarto.
La jovencita suspira antes de preguntar:
—¿Crees que venga?
—No lo sé. Batres es un demonio; se aparece de repente.
—Ay, Susy, ¿por cuánto tiempo seguirás así?
—No tengo idea…yo misma quisiera saberlo.
Se oyen suspiros que se diluyen en el ominoso silencio de la noche.
—Oye, oye, ¿será que podamos …?
—Mmm, no sé, ¿de verdad te arriesgarías? —prorrumpe la voz.
—Ujú.
Hay otro largo y desesperante compás que me hace estremecer.
—Bueno, quizás se pueda hacer algo.
—Sí, sí, dímelo…
—Espera… la cosa es que si llega, tendrías que encontrar el modo de salir, y eso es complicado.
Como en aquella tarde, puedo oír las risitas nerviosas de Amy. Distingo el cerúleo matiz que hay en su carita de hurón tierno.
—Ay, tú, aclárame una cosa —susurra—. ¿Acaso le diste llave?
—No, linda, él se encargó de robarme el duplicado.
—Ah… ¿y qué si no puedo salir a tiempo?
—Ese es el problema; si te encuenta aquí, seguro que arde Troya.
—Ah no, eso no. —dice Amy preocupada.
—¿Ya ves? Te he dicho que Batres es el mismo diablo.
Callan de nuevo.
—Tengo una idea, Susy —dice de pronto Amy—. Si viene, me escondo en algún lugar.
—Ay no, eso sería peor.
—¿Por qué?
—Si viene, seguro se quedará, y tú no podrás salir.
El silencio envuelve el eco de sus últimas palabras.
La desconocida rompe el mutismo para cuchichear en voz baja:
—Quiero que sepas que aún así lo intentaría. ¿No te emociona pensarlo?
—Ujú...mucho.
Se escuchan largos murmullos que no puedo descifrar. Las miro cruzar la sala a pasos apresurados. Quiero ver el rostro de la otra, pero no puedo captarla. Aún así, presiento que ya he visto esa silueta y he oído esa voz en algún lado. La luz de la estancia se extingue, pero otra se ha encendido más allá. Casi corro a colocarme detrás de la ventana iluminada.
No puedo menos que sentirme venturosa al percibir una visión completa, aún cuando el asombro me haya dejado perpleja.