Hace poco leí una reseña que alguien escribió sobre los cómics que se publicaron en los años 50 y 60, y que transcribo aquí:
“La primera revista de cómics que tuve en las manos fue una de Turok, un indio sioux que tenía que vérselas en un valle perdido con dinosaurios, tiranosaurios rex de mandíbula furiosa y perodáctilos dementes y carniceros capaces de partir a un hombre por la mitad de un solo picotazo.
Eran terribles esas imágenes dibujadas en variedad de planos y apoyadas por diálogos en globos y onomatopeyas que representaban ruidos, rugidos, gritos y chillidos de bestias completamente enloquecidas. Esa primera revista la amé más que a mis juguetes y la releía hasta el punto en que yo mismo me creí Turok. Recuerdo que busqué brontosaurios delirantes bajo la cama y serpientes primitivas en el solar de la casa de mi abuela, huevos de gliptodontes y hasta dientes de braquisaurios en la despensa de la cocina. Estaba alucinado.
Y de no haber sido por la posición intransigente de mi madre, habría partido con una mochila en busca de ese valle perdido donde abundaban las brumas eternas y los peligros inesperados. Con ese cómic ingresé en la aventura, que es la primera característica del lenguaje de los cómics. Si no hay aventura, el lenguaje del cómic se quiebra.
A la par de Turok, comencé a leer Batman y Superman. Y así me hice guardián de ciudad gótica y periodista de Metrópolis. Y si con Bruno Díaz luché contra bandidos como el miserable Pingüino y el delirante Payaso, con Klark Kent me enamoré de Luisa Lane y de Lina Luna.
Extraños los personajes de Superman, que tenían nombres que iniciaban con L., incluso los malos (Lex Luthor), letra que seguía de K, con la que además de Klark Kent, se escribía Kriptón y Kriptonita. Cómo se me movía el corazón cuando Klark, que se convertía en Supermán en una cabina telefónica o se debilitaba con la tal kriptonita, misteriosamente en poder de Lex Luthor, el científico malo y calvo que reía de manera infernal.
La ley de los opuestos, el bueno contra el malo, el débil en las garras del fuerte, la evidencia (el orden) contra el caos, son los parámetros del lenguaje del cómic.
Pero el gran cómic para mí fue Red Ryder, que se mantenía hecho un desorden y se parecía mucho a sus lectores. Además, sus aventuras aparecían en los periódicos, lo que evitaba tener que comprar las revistas.
Red nos condujo por los desiertos inmensos carentes de cualquier pozo de agua plagados de víboras y serpientes cascabel. Cuántas veces apostamos las láminas de nuestros álbumes previendo la próxima escena de Red. ¿Iría a disparar sobre la cabeza de la serpiente? ¿Partiría el bicho en dos con la espuela? ¿La tomaría entre las manos y la mandaría a los infiernos? Ese misterio sólo sería resuelto al día siguiente en la página de cómics del periódico.
En los días que vivimos hoy, sin creatividad y sin justicia, sin modelos morales y atrapados en las posibilidades cortas del cuerpo, volver al cómic es una alternativa. Y no como propuesta posmoderna sino como una liberación de esos sueños que están atrapados en la rutina y la paranoia que genera el exceso de información.
En cada uno de nosotros hay un héroe solitario que sólo necesita de un estímulo pequeño, el cómic, para cerrar los ojos y enfrentar (exorcizando lo que ahora nos da miedo) la caja de Pandora cada vez más abierta y criadora de cosas tan terribles como los espectrosaurios que Turok enfrentó sin poderlos ver.
El cómic es una manifestación del otro lado del espejo. Y, como decía Borges, de ese espejo que nos mira, obtenemos lo que debemos mirar.
Todo es un juego, una mirada que produce otra mirada, y en esa mirada nueva nos realizamos. O al menos, nos escapamos de todo eso que nos encierra y nos oprime…»
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