Lo único en lo que los expertos insisten es en que no hay evidencias que sugieran que el sonambulismo sea una enfermedad mental, a pesar de estar motivado por una neurosis de ansiedad.
Ni la luna, ni los paseos por las cornisas, ni los brazos estirados tantas veces dibujados en las ilustraciones se corresponden con la realidad. De hecho, hay casos de sonambulismo que se han dado de día, durante la siesta.
En algunas ocasiones, el consumo de fármacos psicoactivos puede hacer que una persona desarrolle este trastorno del sueño. Así, se ha demostrado que los inhibidores de la recaptación de la serotonina, ampliamente usados para combatir estados depresivos, alteran los patrones del sueño –lo cual puede ser incluso registrado por un electroencefalograma- y pueden estar relacionados con el desarrollo de sonambulismo en adultos.
A lo largo de la historia, los sonámbulos han sido demonizados, han sido sospechosos de estar en contacto con fuerzas ocultas, e incluso, han sido tomados por locos. Sin embargo, hoy sabemos que nada de esto es cierto y que es preciso velar por su seguridad.
Si alguien es sonámbulo en la familia, los demás deben procurar asegurar puertas y ventanas y retirar los objetos peligrosos de las habitaciones para que estos disidentes del sueño, absolutamente ajenos a sus actos, no se lastimen.