miércoles, 29 de junio de 2005

Anacoreta...

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De los cuartos de los cascos había venido yantando como en sus mejores épocas, a más de especular que allá abajo podía haber al menos cien, cien de los gordos, aunque no pudiera lucrar con el monte de un jalón. Lo cierto es que hacía años que no veía tanta reserva amontonada.

Se agachó, recogió una, dos, tres, y las embutió en el costal. No era un beneficio para jactarse, pero para él era bastante. Observó otra vez entre las piedras el brillo pardusco y las manchas esmeralda, y bufó. Aquél era un auténtico juego con reembolso, sí señor. Sólo le temía a los perros, que aparecían de improviso dispuestos a matar.

Esa noche, cuando llegó a la Quinta con los fardos hasta el tope, sus ojos relampaguearon. Palpó el dinero y casi corrió al mesón. Sentado entre las tablas, esperó. Siempre pedía lo mismo: Bebida de cacahuate, patatas fritas y mantequilla, mucha mantequilla. Habiendo pasta nunca comía otra cosa. En un santiamén se lo zampó hasta que le dolió el bandullo.

Por el camino de vuelta cabeceaba como un beodo. El atillo de cujas, impulsado por la brisa, oscilaba como péndola en su espalda.

No le fue fácil remontar la cuesta, en especial esa noche, la noche en que se fugó. Tenía que evitar que el perro le descuartizara. Ascendió por la ladera con las piernas tensas y los nervios sobrecogidos.

Miró hacia abajo: algo debía haber allá que despedía tanto brillo. Sorteó las piedras hasta alcanzar el fondo. Sus ojos echaron chispas cuando lo descubrió. Sin esperar más se lanzó sobre la inmensa pila oscura. Su cuerpo se hundió entre resonancias de vidrios y aleaciones. Pronto se escucharon risas. Se carcajeaba de felicidad, de pura felicidad. Supo enseguida que aquél era un filón que le procuraría peculio.

Pensó entonces en la suerte: un anacoreta no suele tenerla sólo porque sí, aunque esta vez se retractaba de su dicho. Se sentó en la cima y soñó: soñó con una cena suculenta y un trapo enrollado al cuello. Ahí debía haber miles, miles para hacer negocio, y del bueno. Quizás cien de los gordos, tal vez más. Sólo tenía que hallar el modo de sacarlas, porque con costales jamás acabaría.

Era como si su vientre, habiendo dado un paso al frente, se separara y avanzara por su cuenta. También comenzaba a sentir sueño, un sueño cargante. Al llegar al borde se soltó y se dejó venir. El peso de su cuerpo lo proyectó hasta chocar con otro cuerpo tendido en el rimero. Aturdidos, se miraron incrédulos entre el montón de latas y cascos vacíos. Por un instante los dominó un funesto pensamiento: proteger el cúmulo, resguardar lo propio. Los encontronazos surgieron simultáneos. Fueron golpes duros, secos, devastadores. Cayeron sincronizados cual monigotes de trapo.

Pronto amanecería; había que dormir el hartazgo. Se ovilló, levantó el hocico y le aulló a la luna. En la eminencia de cascos y basura había restos sanguinolentos.

Yantó; como en sus mejores épocas.


Añadir comentario


Oye, Os, este cuento no lo había visto. ¿publicarás también cuentos cortos como este en el blog? Chica


A mi me dejó pensando...¿qué será lo que brilla allá abajo?...hummm, imagino la contestación. Mejor ahí lo dejamos.


WOWO Os, son dos...y el perro, ¿no?...¿o son tres? jejeGuiño