Transformar a un príncipe en una rana no es nada extraordinario y se consigue con relativa facilidad. Cualquier malhumorado jefe de sección lo lleva a cabo a diario. Pero transformar a una rana en un príncipe, eso exige en alto grado arte o magia, o amor.
Recuerdo mi primera visita a la colección de antigüedades clásicas de los museos del Vaticano. De eso hace ya algunos años. Se les había quitado el pene a todas las estatuas masculinas, y puesto en su lugar, muchas veces con poquísima habilidad, una hoja de parra de escayola.
Semejante ñoñería producía el efecto diametralmente contrario: la impresión era de una indescriptible obscenidad.
A mí –y seguramente no sólo a mí- me vino automáticamente la pregunta de adónde habrían ido a parar todas las piezas que faltaban.
¿Se había formado allá abajo, en el patio, un gran montón de penes marmóreos de todo género y tamaño, que fueron después transportados en carretillas y, al amparo de la noche, enterrados en algún hoyo de los jardines del Vaticano? ¿Y tal vez, incluso, por diligentes monjitas, de las cuales la una o la otra se guardó subrepticiamente un recuerdo? ¿O colocaron las susodichas piezas en unos aposentos secretos, en largas estanterías, clasificadas limpiamente por tamaños y procedencias y con una pequeña cartulina atada alrededor de cada una, accesibles sólo a visitantes privilegiados? ¿Había un guardián especial para vigilarlas? ¿Y cómo designaría éste el trabajo que ejercía?
Parece que, con el tiempo, en las altas esferas se echó de ver que el tiro les había salido por la culata.
La última vez que visité el departamento de antigüedades clásicas, la mayoría de los penes habían vuelto a su lugar de origen, habían sido restaurados por así decir. Sin embargo, queda pendiente la pregunta: ¿dónde han estado entretanto? ¿O habrán confeccionado otros nuevos?