De todos los personajes de la Biblia, uno de los más populares es sin duda Sansón. Cuando se pregunta a los niños qué personajes bíblicos
conocen, uno de los más nombrados es este «héroe» de cabellos largos y fuerza sobrehumana. Y si extendiéramos la pregunta a los adultos, la respuesta no variaría mucho.
El prototipo heroico que realiza hazañas prodigiosas va inseparablemente vinculado con la historia humana: el Hércules griego, el Sansón semítico, el Rocky moderno. Pero ¿estriba ahí todo el atractivo de Sansón? ¿No tiene la historia de Sansón nada más que decirnos?
Si nos detenemos, por ejemplo, en su comportamiento, vemos que Sansón fue mujeriego, infiel en su matrimonio, voluble, violento y caprichoso. ¿No deberíamos por tanto hablar de él más bien como de un «antimodelo»?
Mercedes Navarro, desde una aproximación psicológica feminista, ve en Sansón al antihéroe y antijuez que conoce su vocación, pero que con su comportamiento repetidamente infiel se autodestruye. Ella exculpa a Dalila de ser la causante de las desgracias de Sansón y la propone como una mujer responsable y madura, que además le ayuda a encontrarse con su verdad. En la vida pública le salva la fuerza física, pero en la vida privada se muestra inmaduro y débil. Las mujeres no temen a Sansón; él sólo les inspira curiosidad.
El distintivo propio del personaje es su fuerza extraordinaria: despedaza a un león como se despedaza a un cabrito, rompe las cuerdas que le atan, arranca las puertas de sus quicios. Su fuerza no sólo es brutal y desmedida sino que es también provocativa al robar las puertas de la ciudad enemiga donde se ha acostado con una prostituta; es vengativa cuando quema las mieses filisteas prendiendo fuego a las colas de las zorras; es sanguinaria cuando se cobra el haber sido maniatado con la muerte de mil hombres.
Sin embargo, a la vez, el autor bíblico nos lo presenta como el hombre débil, seducido, engañado y utilizado. Retadora y vanidosamente ha alardeado de su libertad y su fuerza ante los enemigos de Israel manteniendo oculta su verdad más profunda: que la fuerza no es suya sino de Dios.
Es significativo que en el abandono total, a causa de su pecado, la fuerza bruta le lleva a ser utilizado como un animal. La esclavitud en la prisión, con los ojos vaciados, moviendo el molino, lo humilla aún más por ser este un trabajo propio de animales o de esclavos, nunca de hombres libres. El hombre tan temido pasa a ser de este modo objeto de burla.
Sansón, empero, no aparece en el relato bíblico como un hombre tímido o apocado: su osadía va lejos enamorándose de una hija de los filisteos «que por aquella época dominaban en Israel» (Jueces, 14,4). Parece que en la lejanía tiene que encontrar la compañía que le niegan «las hijas de su propia nación».
En un candente drama de acción rápida se sucede la boda con la filistea, el enigma provocativo con los mozos del poblado, la insistencia de la joven esposa que le traiciona finalmente desvelando el acertijo a los suyos; después, la venganza de Sansón, la pérdida humillante de la esposa, el incendio de la casa de la esposa por parte de su propia gente, la fuga de Sansón a la caverna y su entrega a los enemigos por parte de su propio pueblo.
Es un hecho que Sansón, a pesar de su fuerza bruta, dista mucho de servir como modelo para nadie, y mucho menos como persona consagrada. Su talante violento e impulsivo, inconstante e infiel, le lleva a estar más preocupado por dar rienda suelta a sus instintos y solucionar sus «asuntos» con los enemigos que ser fiel a su vocación de juez.
La confesión hecha a Dalila de: «la navaja no ha pasado por mi cabeza porque soy nazareo desde el vientre de mi madre. Si me rasuraran, mi fuerza se retiraría de mí, me debilitaría y sería como un hombre cualquiera» (Jue, 16,17), es el acto mismo de su propia claudicación. El corte de pelo adquiere entonces toda su significación simbólica: representa la renuncia de Sansón a lo que ha debido ser su propósito en el mundo: ser un hombre consagrado.
Son tres las mujeres que aparecen en el relato bíblico, todas filisteas o palestinas, y con tres funciones distintas. La primera es su mujer, que le abandona y provoca la ira incontenible del héroe; la segunda es una prostituta de Gaza; la tercera, Dalila. Dalila juega bien su papel de «seductora» aprovechándose del corazón enamoradizo de un hombre forzudo pero sin afecto verdadero. Un hombre que guarda su secreto más precioso: una cabellera que sobrepasa lo simbólico porque viene a ser su propia identidad; una mujer que descubre la debilidad del héroe doblegado entre sus brazos.
Dalila, triunfante, con los mechones de cabello de Sansón entre sus manos, es la imagen expresiva de la debilidad y de la infidelidad de un hombre que pudo ser, pero no quiso.
¿Cabe una paradoja más luctuosa?