Martes
Estoy en alerta roja por la intrusión de ladrones en mi casa, aunque al parecer, no me robaron nada.
Lo que especulé que podían haber buscado ha aparecido en su lugar: el rollo de fotografías que tomé la noche en que asesinaron a Sussete. Ni Ticha ni nadie ha visto nada; nadie notó nada raro. Es extraño.
Esta misma tarde le he recordado a mi casera el compromiso de salir a comer juntas, pero se ha sentido indispuesta por lo sucedido. Yo le he dicho que tendrá que serenarse, que esas cosas susceden en todas partes pero que tampoco es para tanto. Ticha, sin embargo, no piensa lo mismo. Y en el fondo, tampoco estoy tan segura.
No he querido recurrir a la policía para no darme a notar; prefiero esperar a ver lo que sucede. Por lo pronto me he procurado un arma con uno de mis compañeros de oficina, y lo cierto es que no me ha salido tan cara. Pero pienso que la vida es invaluable cuando existen ciertos riesgos.
Esta noche, por fin he terminado la novela de Dostoiewski. El librote me ha parecido un buen tema, aunque bastante largo. Después de que Ticha me ha traído el té de hierbas, decido irme a dormir.
Hoy diluvia como pocas noches y a mí me gusta percibir la lluvia con la mirada clavada en el plafón. Los aguaceros tienen un lenguaje que me agrada interpretar: son susurros que me vuelven loca, que me incitan a innovar, a hacer cosas que no están en el libreto.
El recuerdo de Pili y Amy está tan fresco como la sonrisa inolvidable de Sussete. A la rubia camarera prefiero recordarla viva, sonriente, arrrebolada, semi agachada en el restaurante dorado recogiendo restos de platos rotos. Tiemblo.
Vibro también ante el recuerdo de los cuerpos de Amy y Pili tendidos sobre el lecho. Me parece ver de nuevo las manos de Pili recorrer los brazos y las piernas de la jovenzuela sin que ésta parezca sentir nada. Las dos juegan un juego tan extraño que me agita. Para Pili no existe el tiempo cuando está con Amy. Lo supe desde un principio, y lo comprobé el último domingo. Pili es una fiera, lo sé, pero lo es más cuando acaricia a una mujer como Amy.
Mientras añoro sus figuras juguetonas mis palmas viajan para acurrucarse entre mis piernas. Son ahora mis dedos los que se tuercen para coquetear con mi triángulo. Como las manos de Pili, las mías también son torniquetes incansables.
El persistente rumor del agua que golpea el cristal de las ventanas se convierte en mi cómplice nocturno. La lluvia me dice cosas que comprendo claramente. Entonces me convierto en una fiera.
Lo único que me queda ahora es procurar ahogar mis gemidos.