Miércoles.
Apenas es media semana y estoy ansiosa por retornar al búnker.
En estos días, mi mente no ha dejado de recriminarme por tres causas: no haber resuelto el problema de los anónimos, no grabar en el dormitorio de mi inquilina, y no haber hecho nada aún en memoria de Sussete. Por eso mismo, hoy he estado meditabunda.
Siempre que voy a mi escondite lo hago en fines de semana, nunca en otra fecha. Y pienso que no estaría mal caer allá por sorpresa. Al filo de la tarde, he tomado una decisión. Esta vez me ha sido fácil dejar un aviso en la oficina diciendo que volveré el lunes siguiente, y por atención, más que por otra cosa, me paso a ver a Ticha antes de largarme. Si hay alguien a quien no quiero preocupar, es a mi querida casera.
Manejo con la vista clavada en la pista, pensando en muchas cosas. Al caer la tarde he sentido hambre. El crepúsculo está a punto de desvanecerse cuando me detengo en un comedor que hay en la vía. Un camarero me atiende y me presenta la lista. He pedido ostras, algunos camarones y vino blanco.
Mientras almuerzo, no dejo de acordarme de Sussete. Sé bien que jamás podré devolverla a la vida, pero quizás pueda intentar hacer algo en su memoria. Pienso. De pronto he tenido la impresión de que lo haré algún día, aunque no estoy segura de qué modo. El vino me renueva y me siento preparada para pasarme unos días de campeonato. He venido decidida a hacer lo necesario y a defenderme de cualquier ataque.
Unas horas después he llegado a la ciudad. La noche es oscura y no hay casi estrellas en el cielo. Mi plan consiste en llevar el automóvil a un estacionamiento y guardarlo. Lo hago.
He descendido del taxi unas cuadras antes del búnker. Quiero llegar caminando. Desde la esquina cercana he visto luces en el interior de mi casa. Me sobresalto. Me deslizo entre las sombras hasta alcanzar el pórtico. Aguardo. No se oyen ecos ni rumores; todo está silencioso.
Avanzo por un costado para ir a la ventana. A través del cortinaje he visto las tonalidades que se esparcen y se apagan. Dejo mi bolso en el suelo y me hago del revólver. Camino hasta la puerta principal, y tan silenciosa como puedo, inserto la llave en el cerrojo. Tiro de la puerta suavemente. Entro.
Con el arma en la mano, me deslizo sobre la alfombra a paso lento. Los resplandores de luz son tan vivos que puedo ver perfectamente el interior. La puerta de mi cuarto está entreabierta. Me asomo. Hay alguien sentado maniobrando frente al ordenador. Empujo la puerta con fuerza y le grito. La sombra se mueve como un huracán.
De repente, he visto un fogonazo que me deslumbra. La figura ha salido corriendo hacia la calle. Jalo del gatillo nuevamente. Nada se mueve en el exterior. Me acerco.
La calle está desierta.