La vacuna fue descrita desde tiempo inmemorial en uno de los Vedas, el Sactaya Grantham.
Este texto fue citado por Moreau de Jonet el 16 de octubre de 1826, en la Academia de Ciencias, en su Memoria sobre la viruela: "Untad con el fluido de las pústulas la punta de una lanceta, introducidla en el brazo mezclando el fluido con la sangre, y se producirá fiebre; entonces esta enfermedad será muy leve y no inspirará ningún temor."
Y luego sigue la descripción exacta de todos los síntomas.
¿Y los anestésicos?
Se habría podido consultar a este respecto una obra de Denis Papin, escrita en 1681 y titulada: Le traite des opérations sans douleur, o resucitar los antiguos experimentos de los chinos con el extracto de cáñamo índico, o incluso utilizar el vino de mandrágora, muy conocido en la Edad Media, completamente olvidado en el siglo XVII, y cuyos efectos estudió el doctor Auriol, médico de Toulouse, en 1823.
Nadie ha soñado siquiera en verificar los resultados obtenidos.
¿Y la penicilina?
En este caso, podemos citar ante todo un conocimiento empírico, a saber, las compresas de queso de Roquefort, empleadas en la Edad Media; pero podemos observar a este respecto algo todavía más singular.
Ernst Duchesne, alumno de la Escuela de Sanidad militar de Lyon, presentó el 17 de diciembre de 1897 una tesis titulada: Contribución al estudio de la oposición vital entre los microorganismos: antagonismo entre el moho y los microbios.
En esta obra se registran experimentos que ponen de manifiesto la acción del penicitium glaucum sobre las bacterias.
Pues bien, esta tesis pasó inadvertida. Insisto, en este ejemplo de olvido evidente en una época muy próxima a la nuestra, en pleno florecimiento de la bacteriología.