Los antiguos, con técnicas muy simples, obtenían resultados que podemos reproducir, pero que, a menudo, nos costaría mucho trabajo explicar, a pesar del gran arsenal teórico de que disponemos. Esta sencillez era el don por excelencia de la ciencia antigua.
¿Y la energía nuclear de nuestro tiempo? Esta objeción se puede responder con una cita que debería hacernos reflexionar.
En un libro muy raro, casi desconocido incluso para muchos especialistas, aparecido hace más de ochenta años y titulado Les Atlantes, un autor que se ocultó prudentemente tras el seudónimo de Roisel expuso los resultados de cincuenta y seis años de investigaciones y trabajos sobre la ciencia antigua.
Pues bien, al exponer los conocimientos científicos que atribuye a los atlantes, Roisel escribe estas líneas extraordinarias en su época:
»Consecuencia de esta actividad incesante fue, en efecto, la aparición de la materia, de este otro equilibrio cuya ruptura determinaría igualmente poderosos fenómenos cósmicos. Si por una causa desconocida se desintegrase nuestro sistema solar, sus átomos constituyentes, convertidos inmediatamente en activos por la independencia, brillarían en el espacio con una luz inefable, que anunciaría a lo lejos una vasta destrucción y la esperanza de un mundo nuevo.»
Me parece que este último ejemplo basta para hacer comprender toda la profundidad de la frase de Mademoiselle Bertin: “No hay nada nuevo, salvo lo que se ha olvidado.”