Miércoles por la noche.
Es inaudito lo que está sucediendo. ¿Podría creerse que una
onlooker tan experimentada como yo esté siendo sometida a semejante clase de espionaje? Pues sí, esa es la verdad. Y lo peor de todo es que no tengo la más mínima pista del caso. ¿No es para tirarse de los pelos?
Tengo por lo menos el dudoso consuelo de que no vendrán mientras yo me encuentre aquí: el miedo transforma las conductas cuando hay armas de por medio. Antes de ponerme cómoda, me cercioro de que las puertas queden aseguradas. Esta noche me propongo trabajar muy duro y quiero hacerlo tranquila.
Lo primero que hago es registrar el ordenador, buscar cualquier pista que el intruso haya dejado. Pero lo único que encuentro es un CD inserto en la cartuchera. El corazón me da un vuelco al constatar que no se trata de uno de mis dispositivos robados.
Verifico las cámaras y escudriño el dormitorio. Me he dado cuenta que el habitáculo de Pili y Amy se encuentra vacío, y me felicito por ello. No me parece conveniente que las chicas sepan que estoy siendo hostigada por alguien. No, al menos mientras no descrubra de quién se trata.
Me acomodo para revisar el contenido del olvidado CD. Lo inserto.
El sistema me reproduce escenarios inesperados.