Se conocen, según Pauwels y Bergier, más de cien mil libros o manuscritos de alquimia.
Esta enorme literatura, a la que se han consagrado espíritus de calidad, hombres importantes y honrados, esta enorme literatura que afirma solemnemente su fidelidad a los hechos, a las realidades experimentales, no ha sido jamás explorada científicamente. El pensamiento dominante, católico antaño, racionalista hoy, ha mantenido en torno de estos textos una conspiración de ignorancia y de desprecio.
Cien mil libros y manuscritos contienen tal vez algunos de los secretos de la energía y de la materia. Si no es verdad, al menos lo proclaman. Los príncipes, los reyes y las repúblicas han fomentado innumerables expediciones a países lejanos y subvencionado investigaciones científicas de toda clase.
Pero jamás se ha reunido un equipo de criptógrafos, de historiadores, de biólogos y de sabios, físicos, químicos y matemáticos, en una biblioteca de alquimia completa, con la misión de ver lo que haya de verdadero y de utilizable en sus viejos tratados. Es algo inconcebible.
Que sea posible y duradera tal cerrazón de espíritu, que sociedades humanas tan civilizadas y aparentemente desprovistas de prejuicios como la nuestra, puedan olvidar en su desván cien mil libros y manuscritos con el marbete: «Tesoro», debe ser bastante para convencer a los demás escépticos de que vivimos en el mundo de lo fantástico.
¿Se habrían consagrado cuatro mil años de búsqueda y cien mil volúmenes o manuscritos a una simple patraña?