«¡El hombre nuevo vive en medio de nosotros! ¡Está aquí! ¿Basta con ello? Voy a decirle un secreto: yo he visto al hombre nuevo. ¡Es intrépido y cruel! ¡He sentido miedo delante de él!», aúlla Hitler, tembloroso.
Otro espíritu atenazado por el terror, asaltado por la locura: Maupassant, lívido y sudoroso, escribe precipitadamente uno de los textos más inquietantes de la literatura francesa: Le Horla.
«Ahora sé, adivino. El reino del hombre ha terminado. Ha venido Aquel que provoca los primeros terrores de los pueblos ingenuos. Aquel a quien exorcizaban los sacerdotes inquietos, el que evocan los brujos en las noches sombrías, sin verle aparecer aún, y a quien los presentimientos de los maestros efímeros del mundo prestaron todas las formas monstruosas o graciosas de los gnomos, de los espíritus, de los genios, de las hadas, de los duendes. Después de los groseros conceptos de los miedos primitivos, los hombres más perspicaces lo han presentido claramente. Mesmer lo había adivinado, y los médicos, desde hace ya diez años, han descubierto la naturaleza de su poder antes de que él mismo lo ejerciera. Han jugado con esta arma del nuevo Señor, el dominio de poderes misteriosos sobre el alma humana, convertida en esclava. Lo han llamado magnetismo, hipnosis, sugestión... ¡qué sé yo! ¡Les he visto divertirse como niños imprudentes con este horrible poder! ¡Desdichados de nosotros! ¡Desdichado del hombre! Ha llegado él..., él... ¿Cómo se llama...? El... Me parece que está gritando su nombre, y no lo entiendo... El..., sí, lo grita..., escucho..., no puedo..., repite..., el... Horla..., lo he oído..., el Horla... Es él..., el Horla... ¡ha llegado!»
En su interpretación balbuciente de esta visión llena de maravilla y de horror, Maupassant, hombre de su época, atribuye al ser del que habla poderes hipnóticos.
¿Fueron simples expresiones de locura?