Poco después de las once, he visto llegar a Pili. La miro desvestirse con pesadez, como si el cansancio estuviere a punto de someterla a su férula.
La tensión que había sentido por su ausencia se desvanece, y mi ánimo se tonifica. En pocos minutos mi inquilina está lista para meterse en la cama.
Yo también la imito.
Jueves por la mañana.
Con la decidida intención de desafiar los recuerdos, he querido pasarme por el Laforet para echar un vistazo.
Apenas he cruzado entre las mesas y no puedo reprimir un suspiro de desaliento. El recuerdo de Sussete está ahí, tan claro y vívido como si fuera real. Es como si aun la percibiera encuclillada, con el blanco marbete guindando al aire y con el rostro arrebatado.
Me he sentado justo en la mesa donde la pareja de maduros escenificara su lúbrico y encendido encuentro. La chica del servicio me ha acercado la carta, pero yo sólo le he pedido que me traiga bollos y café negro. Antes de irse, me deja el periódico.
Fijo los ojos en la mesa en que Sussete atendió al moreno de barbas y tiemblo. La camarera me ha traído el pedido en una bandeja. Cavilo. Los rasgos de Cucho no dejan de asombrarme. Lo he recordado sentado en el retrete con la mozuela astrosa montada sobre él, gimiendo y suspirando de placer. He evocado también la imagen altanera y amenazante de la libertina, sentada junto a mí en una de las bancas de la sala de espera. Después, resuenan en mi mente tres disparos, tres descargas que provocan que la espigada figura de Sussete se tambalee y se desplome. Vuelvo en mí.
Recorro con la vista las filas apiladas de las mesas con manteles amarillos. Hay muy poca gente esta mañana en el Laforet.
Cojo el periódico y lo desdoblo. Hay en las páginas del interior una noticia que me abruma. Extiendo la hoja para leer:
«Sigue sin conocerse la identidad del cadáver de la mujer que fuera encontrada muerta en el interior de un solitario departamento de la calle Rotterdam en días pasados....»
El corazón me da un vuelco. Alzo la taza y me la zampo de un sorbo.
Sin soltar el periódico, he tomado mi bolso para ir al cuarto de baño. Sentada en el retrete, recorto la nota con cuidado y sin volverla a leer. Haciéndome de un bolígrafo, escribo en uno de los flancos:
«Ustedes deberían tomar cartas en este asunto. Parece que se trata del cadáver de Sussete, la camarera que no ha vuelto al Laforet.»
Al regresar a la mesa, solicito la cuenta.
Antes de largarme, le he dado a la camarera el pedazo de papel doblado.
Me desaparezco.