Una mañana de julio de 1945, Jacques Bergier forzó una caja de caudales por medio de un soplete. Es una nueva metamorfosis.
La caja fuerte se encuentra en una hermosa villa, a orillas del lago Constanza, que fue propiedad del director de un gran «trust» alemán.
Una vez abierta, la caja fuerte entrega su secreto: una botella que contiene un polvo extraordinariamente pesado. Reza el marbete: «Uranio, para aplicaciones atómicas.»
Es la primera prueba formal de la existencia en Alemania de un proyecto de bomba atómica suficientemente adelantado para exigir grandes cantidades de uranio puro.
Goebbels no mentía del todo cuando, desde el bunker bombardeado, hacía circular por las calles en ruinas de Berlín el rumor de que el arma secreta estaba a punto de estallar en las narices de los «invasores».
Bergier dio cuenta del descubrimiento a las autoridades aliadas. Los americanos se mostraron escépticos y declararon que toda investigación sobre la energía nuclear carecía de interés. Era un ardid.
En realidad, su primera bomba había estallado ya secretamente en Alamogordo, y una misión americana, bajo la dirección del físico Goudsmidt, estaba en aquellos mismos momentos en Alemania, buscando la pila atómica que el profesor Heinsenberg construyó antes del hundimiento del Reich.
En Francia no se sabía nada de cierto, pero había indicios. Y especialmente éste, para los avisados: los americanos compraban a precio de oro todos los manuscritos y documentos sobre alquimia.
Bergier dirigió un informe al Gobierno provisional sobre la realidad probable de investigaciones sobre explosivos nucleares, tanto en Alemania como en los Estados Unidos. Sin duda, el informe fue a parar al cesto de los papeles, y Bergier conservó la botella, que agitaba ante las narices de la gente, declarando: « ¿Ven ustedes esto? ¡Bastaría con que un neutrón pasara al interior para que volase todo París!»
Pero la broma perdió bruscamente toda su gracia aquella mañana de Hiroshima. El teléfono empezó a sonar sin descanso en la habitación de Bergier.
Diversas autoridades pedían copias del informe. Los servicios de información americanos rogaban al poseedor de la famosa botella que se pusiera urgentemente en contacto con cierto comandante que no quería dar su nombre.
Otras autoridades exigían que se apartase inmediatamente la botella de la aglomeración parisiense. Todo en vano.
Bergier explicó que, con toda seguridad, la botella no contenía uranio 235 puro, y que, aunque lo contuviese, el uranio estaba sin duda por debajo de la masa crítica. En otro caso, habría estallado mucho tiempo ha. Le confiscaron su juguete, y ya no volvió a saber de él.
Para consolarle, le enviaron un informe de la «Dirección General de Estudios e Investigaciones». Era todo lo que este organismo, dependiente de los servicios secretos franceses, sabía de la energía nuclear.
El informe lucía tres sellos: «Secreto», «Confidencial», «Reservado».
Contenía únicamente unos recortes de la revista Sciencie et Vie.
Y nada más.