Transformar a un príncipe en una rana no es nada extraordinario y se consigue con relativa facilidad. Cualquier malhumorado jefe de sección lo lleva a cabo a diario. Pero transformar a una rana en un príncipe, eso exige en alto grado arte o magia, o amor.
Existen viejos textos que afirman que en Saturno se encuentran las llaves de la materia.
Y por singular coincidencia, todo lo que se sabe hoy de física nuclear se apoya en la definición del átomo «saturnino».
El átomo sería, según la definición de Nagaoka y Rutherford, «una masa central que ejerce una atracción, rodeada de anillos, de electrones que giran».
Esta concepción «saturnina» del átomo es admitida por todos los sabios del mundo, no como verdad absoluta, sino como la más eficaz hipótesis de trabajo.
Es posible que los físicos del porvenir la consideren una ingenuidad. La teoría de los quanta y la mecánica ondulatoria son aplicables al comportamiento de los electrones.
Ninguna teoría y ninguna mecánica explican con exactitud las leyes que rigen el núcleo. Se cree que éste está compuesto de protones y neutrones y esto es todo.
No se sabe nada preciso sobre las fuerzas nucleares. No son eléctricas ni magnéticas, ni de naturaleza gravitatoria. La última y prudente hipótesis hace depender estas fuerzas de partículas intermedias entre el neutrón y el protón, llamadas mesones. Pero esto sólo sirve mientras se espera otra cosa. Dentro de diez o veinte años, las hipótesis habrán tomado sin duda otros rumbos.
Sin embargo, hay que tener en cuenta que estamos en una época en que los sabios carecen absolutamente de tiempo y carecen absolutamente de derecho a hacer física nuclear.
Todos los esfuerzos y todo el material disponible se concentran en la fabricación de armas y explosivos y en la producción de energía. La investigación fundamental ha sido relegada a segundo término.
Lo urgente de hoy es sacar el máximo de provecho a lo que ya sabemos. El poder importa más que el saber. Parece que los alquimistas tuvieron siempre buen cuidado en esquivar este apetito de poder.
¿Adonde hemos llegado?
El contacto con los neutrones vuelve radiactivos a todos los elementos. Las explosiones nucleares experimentales envenenan la atmósfera del planeta. Este envenenamiento, que progresa en proporción geométrica, aumentará extraordinariamente el número de niños nacidos muertos, de cánceres y de leucemias, estropeará las plantas, trastornará los climas, producirá monstruos, nos romperá los nervios y nos ahogará.
Los Gobiernos no renunciarán. Y no renunciarán, por dos razones:
La primera es que la opinión pública no ha alcanzado el nivel de conciencia planetaria que se necesita para reaccionar.
La segunda es que no hay Gobiernos, sino sociedades anónimas del capital humano, encargadas, no de hacer Historia, sino de expresar aspectos diversos de la fatalidad histórica.
Huys sí, cuánta razón tienes. Es la carrera armamentista en favor del belicismo, no del bienestar de la humanidas xD. Va a ser que nos acabaremos nosotros mismos tarde o temprano, xD.