Transformar a un príncipe en una rana no es nada extraordinario y se consigue con relativa facilidad. Cualquier malhumorado jefe de sección lo lleva a cabo a diario. Pero transformar a una rana en un príncipe, eso exige en alto grado arte o magia, o amor.
Hace cien años, sí alguien era lo suficientemente crédulo como para creer que las piedras caían del cielo, se le oponía este razonamiento: no hay piedras en el cielo; por tanto, ninguna piedra puede caer de arriba.
Nada más razonable, más científico o más lógico podía ser sostenido sobre un tema cualquiera. El único inconveniente es que la premisa mayor era falsa o intermediaria entre lo real y lo no real.
En 1772, un comité, del que era miembro Lavoisier, fue designado por la Academia Francesa para examinar un informe sobre una piedra caída del cielo en Luce, Francia.
Lavoisier analizó la piedra de Luce. La explicación exclusionista decía, en aquella época, que ninguna piedra caía del cielo: objetos luminosos parecían aterrizar y, en su lugar de caída, se recogían piedras ardientes: sólo el rayo golpeando a una piedra podía calentarla o hacerla fundirse.
La piedra de Luce mostraba signos de fusión. El análisis de Lavoisier «probó irrefutablemente» que aquella piedra no había caído, sino que había sido golpeada por un rayo. Oficialmente, las caídas de piedras fueron condenadas, y la explicación del rayo fue el estándar de la exclusión.
Jamás se hubiera pensado nunca que unas piedras pudieran clamar justicia sobre una sentencia de exclusión, pero subjetivamente los aerolitos lo hicieron. Sus manifestaciones, acumulándose en una tromba de evidencias, bombardearon los muros que se habían elevado en torno suyo.
Puede leerse en la Monthly Review . «Que el fenómeno que nos concierne parecerá para muchos indigno de atención. La caída de grandes piedras procedentes del cielo, sin que aparezcan las razones de su previa ascensión, parece ser algo maravilloso o sobrenatural. Sin embargo, una larga suma de evidencias aquí acumuladas confirmará la existencia de semejantes fenómenos, a los cuales convendría prestar atención.»
El autor de esta nota abandona la primera exclusión, pero la modifica explicando que la víspera de una caída de piedras en la Toscana, el 16 de junio de 1794, el Vesubio había hecho erupción. Es decir, que las piedras caían en algún otro lugar de la Tierra bajo la acción de un tornado o de una erupción lejana.
Era preciso levantar una condena en torno a la caída de piedras a fin de excluir cualquier posibilidad de otro origen, de la existencia de alguna fuerza exterior. Se puede tener toda la ciencia de Lavoisier y ser incapaz de analizar, o incluso ver, más allá de las hipnosis y de las contrahipnosis convencionales de su época.
Los meteoritos, antaño condenados, son admitidos. Pero se admite que dos especies de sustancias, y solamente dos, pueden caer del cielo: las sustancias metálicas y las sustancias pétreas, y que los obetos metálicos se limitan al hierro y al níquel...
Mantequilla y papel, y lana, y seda, y resina.
Desde el principio, la ciencia han combatido, llorado, gritado, maldecido las relaciones externas, bajo los mismos pretextos... diciendo que sólo pueden caer meteoritos pétreos o de metal, pero no de ninguna otra clase.
¿Y qué es lo que dirán de esto?
Lluvias negras, lluvias rojas, caída de mil toneladas de mantequilla…
Nieve negra, nieve rosa, pedrisco azul, pedrisco con gusto a naranja…
Yesca, seda, carbón…mantequilla y sangre… carne de buey…y muchas piedras cubiertas de inscripciones.
¿Mantequilla?...¿carne de buey?
No, nada de eso puede tener un origen exterior…nada…