Es un hecho que la psicología lleva un considerable retraso en relación con la ciencia.
La llamada psicología moderna estudia, según la visión del siglo XIX, al hombre dominado por el positivismo militante. La ciencia realmente moderna explora un Universo que se muestra cada vez más rico en sorpresas y cada vez menos ajustado a las estructuras del espíritu y a la naturaleza del conocimiento oficialmente admitidas.
La psicología de los estados conscientes presupone a un hombre acabado y estático: el homo sapiens del «siglo de las luces». La física revela un mundo que juega varios juegos a la vez y tiene múltiples puertas abiertas al infinito.
Las ciencias exactas desembocan en lo fantástico. Las ciencias humanas siguen encerradas en la superstición positivista.
La noción del devenir, de lo evolutivo, domina el pensamiento científico. La psicología se funda aún en una visión del hombre terminado, provisto de funciones mentales jerarquizadas de una vez para siempre.
Es un hecho que el hombre no está terminado. Y sería bueno analizar esto desde una perspectiva diferente: a través de las formidables sacudidas que transforman el mundo en este momento, sacudidas hacia lo alto en el dominio del conocimiento, sacudidas a lo ancho producidas por la formación de las grandes masas, las primicias de un cambio de estado de la conciencia humana, de una «alteración renovadora» en el interior mismo del hombre.
Una psicología eficaz, adaptada al tiempo en que vivimos, debería fundarse no en lo que el hombre es, o mejor dicho, en lo que el hombre parece ser, sino en lo que todavía puede devenir, es decir, en sus futuras cualidades de evolución posible.