Transformar a un príncipe en una rana no es nada extraordinario y se consigue con relativa facilidad. Cualquier malhumorado jefe de sección lo lleva a cabo a diario. Pero transformar a una rana en un príncipe, eso exige en alto grado arte o magia, o amor.
Hace poco se transmitió en repetición por la TV de México una serie desconocida titulada Shogun que, tan sólo por su nomenclatura, supe que iba de japoneses y esas cosas.
Al principio la vi sin atención, pero reconozco que la historia me atrapó desde el primer capítulo. Ése fue mi primer contacto con una obra de James Clavell, pero desde luego, no el último.
Mi insana curiosidad de lector me llevó a querer saber mucho más del autor y ahí me enteré de algo insólito: Clavell había estado cautivo durante la Segunda Guerra Mundial en un campo japonés para prisioneros de guerra, y este punto me resultó absurdo.
Sabida es la feroz reputación que los japoneses adquirieron durante la guerra para el maltrato a sus rehenes, y esto me hizo reflexionar en las motivaciones que podría tener una persona como Clavell, quien habiendo sufrido en carne propia tales crueldades, pudo después sentirse fascinado por esta cultura de oriente hasta el punto de dedicar buena parte de su vida a explorar la historia de Japón y China, tan sólo para escribir sobre ellas. ¡Oh paradojas!
La respuesta la encontré mucho después al darme cuenta de que todo lo que James Clavell retrata en sus novelas (Tai-pan, La Noble Casa, Gaijin, King Rat) se halla hondamente vinculado al enfrentamiento entre dos culturas, a la ancestral pugna entre dos formas de pensar y ver el mundo, como son las culturas oriental y occidental, y el modo en que unos a otros, desde su propia perspectiva, se consideraron en su tiempo unos bárbaros salvajes con los que se podría comerciar o entrar en guerra, según fuere más provechoso, pero jamás tomarse la molestia de ver las situaciones desde la antagónica visión del otro.
Con Shogun, James Clavell consigue trascribir su fascinación por lo desconocido gracias a un ímprobo esfuerzo de documentación que sin embargo logra siempre huir del Salgarismo, y al truco mil veces utilizado, desde que el mundo es mundo, de situar en medio de la acción a un personaje ajeno al ambiente en que ésta se desarrolla y que proporciona al lector un punto de amarre en donde puede descansar, y con el que puede compartir su perplejidad ante todo lo que va ocurriendo.
En Shogun, el personaje en cuestión es Blackthorne, un aventurero inglés que se irá orientalizando progresivamente hasta acabar convertido en un samurai al servicio de un señor feudal asiático. El lector acompañará de este modo a Blackthorne en su viaje, compartirá con él su incomprensión, sus agonías, buena parte de sus prejuicios y, a medida que transcurre el viaje, se va deshaciendo de su monomanía al mismo tiempo que el propio protagonista.
Clavell escribe, casi siempre, desde una objetividad fría y distante, sin juzgar jamás lo que ocurre y permitiendo que sean los acontecimientos los que hablen por sí mismos.
Y hablando justamente de esta paradoja visionaria, vale la pena preguntase: ¿Qué es lo que pensará cualquier lector japonés al leer esta novela extraordinaria? Y por qué no, ¿Hasta qué punto se comprendería a sí mismo al ver retratado un estrato importante de su historia y su cultura a partir de los ojos de un bárbaro occidental?
Dos espejos, dos culturas.
Artículo publicado por Oswaldo Lilly en el foro de Doctorodio.