Existe una florecilla extremadamente delicada y bella que se llama
saxífraga umbría. Se le llama también «la desesperación del pintor».
Pero ya no desespera a ningún artista, desde que la fotografía y otros muchos descubrimientos han librado a la pintura de la preocupación por el parecido externo. El pintor menos joven de espíritu, no se sienta ya ante un ramo como solía hacer antaño. Sus ojos ven algo distinto del ramo, o mejor, su modelo le sirve de pretexto para expresar, por medio de la superficie coloreada, una realidad oculta a la mirada del profano. Trata de arrancar un secreto a la creación.
Antaño, se hubiera contentado con reproducir las apariencias tranquilizadoras y, en cierto modo, participar en el engaño general sobre los signos exteriores de la realidad.
Pero en el transcurso del siglo XX, no parece que el historiador haya evolucionado tanto como el pintor, y nuestra historia contemporánea es tan falsa como lo eran un seno de mujer, un gatito, o un ramo de flores bajo el pincel petrificado de un pintor conformista del siglo XIX.
Si nuestra generación quiere examinar con lucidez el pasado, tendrá ante todo que arrancar las máscaras tras de las cuales los artífices de nuestra Historia permanecen ocultos... El esfuerzo desinteresado realizado por una falange de historiadores en favor de la simple verdad es relativamente reciente.
El pintor conformista del siglo XIX tenía sus «desesperaciones». ¿Y qué decir del historiador de los tiempos presentes? La mayoría de los hechos contemporáneos se asemejan a la
saxífraga umbría: son la desesperación del historiador.
Un autodidacta delirante, rodeado de algunos megalómanos, rechaza a Descartes, barre la cultura humanista, aplasta la razón, invoca a Lucifer y conquista Europa, fallando por poquito en la conquista del mundo. El marxismo arraiga en el único país que Marx juzgaba árido. Londres está a punto de perecer bajo una lluvia de cohetes destinados a alcanzar la Luna. Las reflexiones sobre el espacio y el tiempo desembocan en la fabricación de una bomba que aniquila doscientos mil hombres en tres segundos y amenaza con aniquilar la propia Historia. ¡
Saxífragas umbrías!
El historiador empieza a inquietarse y a dudar de que su arte sea practicable. Consagra su talento a lamentarse de no poder ejercitarlo. Es lo que suele verse en las artes y las ciencias en los momentos de sofocación: un escritor trata en diez volúmenes de la imposibilidad del lenguaje, un médico estudia cinco cursos para explicar que las enfermedades se curan solas. La Historia pasa por uno de estos momentos.
M. Raymond Aron, rechazando con gesto cansado a Tucídides y a Marx, declara que ni las pasiones humanas, ni la economía de las cosas bastan a explicar la aventura de las sociedades. «La totalidad de las causas determinantes de la totalidad de los efectos –dice, afligido– rebasan la comprensión humana.»
M. Baudin confiesa: «La Historia es una página en blanco, que los hombres pueden llenar como les plazca.»
Y M. René Grousset lanza al cielo vacío este cántico, casi tan desesperado como bello: «Lo que llamamos Historia, o sea la sucesión de imperios, de batallas, de revoluciones políticas, de fechas sangrientas en su mayoría, ¿es realmente la Historia? Os confieso que yo no lo creo, y que, al hojear los manuales escolares, suelo borrar con el pensamiento más de una cuarta parte...
»La Historia verdadera no es la del vaivén de las fronteras. Es la de la civilización. Y la civilización es, de una parte, el progreso de la técnica, y, de otra, el progreso de la espiritualidad.»
Podemos preguntarnos entonces si la Historia política que conocemos del mundo, en buena parte, no es más que una historia parásita.
El Retorno de los Brujos/Pawels-Bergier