Hablar de erotismo no es hablar de una utopía, sino todo lo contrario. A mí me parece que el erotismo, tal como se concibe en la actualidad, no es diferente en lo absoluto al erotismo forjado como figura literaria en cualquiera de las etapas humanas ulteriores y tampoco será distinto, desde luego, en ningún otro cauce del tiempo por venir.
Tan atraídos se sintieron Helena y Paris hace milenios, como se siente hoy una pareja que se tiende a orillas del lago de Catemaco para libar a sus anchas las mieles de su pasión. Mientras existan seres vivos, habrá erotismo.
Hay que puntualizar sin embargo un aspecto que se suele confundir con demasiada frecuencia: una cosa es la conceptualización moral de lo erótico -en donde entran en juego las culturas y costumbres, y en donde el erotismo, en consecuencia, podría ser calificado y hasta clasificado-, y otra muy distinta lo que tiene que ver con su inmanencia, es decir, con lo que se vive y se siente en lo más íntimo.
El hombre de todas las edades ha sentido, ha vivido, y ha expresado en abanico multiforme sus experiencias erotómanas. Pero los juicios de valor que tales expresiones provocan ya son otro rollo.
Por ejemplo, Sade se atrevió en su momento a declarar nulos e inválidos todos los valores morales, pero no todos los creadores de lo voluptuoso han hecho lo mismo. Pero esto es solamente una percepción, no una generalidad. Sade pretendió «desenmascarar» la moral de su tiempo para plantearla como una ficción que se apoyaba en el poder social, o sea, como un simple medio para conservar el poder a los poderosos y dejar a los débiles bajo su dependencia. Y además lo hizo con auténtica obsesión. Pero ello no quiere decir que su posición sea la correcta. He aquí algo que se puede denominar como "un juicio moral". El erotismo, empero, es otra cosa.
En mi concepto, todo lo erótico sin excepción es bello. Y esta imperturbable esencia de grandeza esconde a los sentidos el impalpable tacto de lo etéreo que se preña entre corrientes y descargas, que inventa sensaciones inéditas, que magnifica las sutiles partículas en que se transporta una caricia, en que fluye un pensamiento, un grito de placer, un suspiro... o una exhalación cualquiera.
En suma, ninguna clasificación para lo erótico podrá cambiar jamás su esencia. Cualquiera que pretenda hacerlo no conseguirá ser objetivo. Y es que el asunto es simple: lo erótico nació con el hombre y morirá con el hombre, ni más ni menos. Pero el erotismo pervivirá por sí mismo sin requerir de simbolismos, sin argucias, sin codificaciones morales. En el erotismo no caben tales raseros.
Y todo lo que haya antes o después de ésto, simplemente no es erotismo.