Transformar a un príncipe en una rana no es nada extraordinario y se consigue con relativa facilidad. Cualquier malhumorado jefe de sección lo lleva a cabo a diario. Pero transformar a una rana en un príncipe, eso exige en alto grado arte o magia, o amor.
Hay días en que el mundo amanece siendo más extraño que de costumbre. En días así suelo despertar con la sensación de que mientras dormía algo, un algo que se alojará en los extramuros de la conciencia para enviarme señales equívocas a través de la jornada, ha alterado imperceptiblemente el eje de rotación de las cosas.
Ignoro si la sensación tiene que ver con que la puerta de mi dormitorio se ha abierto durante la noche para dejar pasar unos rasguños del sol que inunda el cuarto ocupado por mi hija los fines de semana, o con la forma en que los ruidos provenientes del edificio en construcción cercano a mi departamento se esfuman unos segundos para permitir que se instale una quietud casi campestre, o con los retazos de un sueño que por más que me esfuerce no lograré hilvanar y que flotarán ante mis ojos mientras emprendo mi rutina ciclista en el parque situado a unas cuadras de donde vivo.
Días así me remiten a Haruki Murakami (Kyoto, 1949), a su modo de accionar los interruptores secretos del orbe sin grandes aspavientos: bastan unos ademanes veloces, en apariencia pueriles, para que el prestidigitador japonés extraiga de su chistera o más bien de su caja de Pandora el caos suficiente para trastornar el orden habitual. Sedentarias por lo común, sus criaturas aguardan apoltronadas en sus microcosmos a que el macrocosmos irrumpa con toda su fuerza y las ponga a actuar, sea física o psíquicamente o en ambos planos a la vez.
Tooru Okada, el joven desempleado que funge como narrador de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (1994), obra maestra de título envidiable, es el héroe murakamiano por excelencia: una mañana, mientras cocina espagueti escuchando La gazza ladra de Rossini, recibe la llamada de una mujer desconocida que le pide diez minutos de su tiempo: “Con diez minutos tengo bastante, dame diez minutos. Y así podremos entendernos bien.” (“Su voz —acota el narrador— era suave y profunda, indefinible.” Una voz, pienso yo, idéntica a la sensación que me acompaña los días en que el mundo se perfila más extraño que de costumbre.)
A partir de ese evento que al menos en un nivel subterráneo —no en balde el pozo es figura recurrente en la obra murakamiana— redunda en el súbito abandono de su esposa, Tooru se embarca en un viaje sobre todo mental que lo lleva de las estepas de Mongolia en la antesala de la Segunda Guerra Mundial a las simas metafísicas de la desaparición, leitmotiv que surge en otros libros notables como La caza del carnero salvaje (1982), El elefante desaparece (1993), Al sur de la frontera, al oeste del sol (1998), Sputnik, mi amor (1999) y Kafka en la playa (2002), cuyo protagonista adolescente —Kafka Tamura, nombre por demás emblemático— es el reverso ideal de Tooru Okada: el periplo interior de éste halla su contraparte en la odisea de aquél, que se marcha de Tokio acosado por una profecía edípica —los oráculos son otra figura recurrente— para entregarse a una errancia que lo hará explorar nuevos territorios fundados por la desbocada imaginación de su creador.
En esos territorios uno se topa con momentos de horror absoluto —Roberto Bolaño dixit— que dinamitan la cotidianeidad e instauran el horario del Día Murakami: una jornada que en la superficie es igual a cualquier otra pero que se nutrirá de misteriosas corrientes hasta exhibir la red de correspondencias que sostiene al mundo.
Hace poco tuve un día así. Desperté, para empezar, agitado por el recuerdo inasible de un sueño que estaba seguro era digno de los personajes murakamianos, entrañables entre otras razones por su intensa vida onírica. Mientras tendía la cama, oí con irritación que alguien arrojaba piedras a la ventana de mi dormitorio. (Mi departamento está en un primer piso.) Me asomé a la calle y enfrenté a una mujer desconocida que con una sola pregunta me desconcertó como si hubiera pedido diez minutos de mi tiempo: “¿Tete?”
Aunque insistí que conmigo no vivía ni trabajaba nadie con ese nombre —pensé en la mujer de la limpieza, pero descarté la posibilidad porque el apócope o seudónimo no encajaba—, la desconocida permaneció con la mirada fija en mi ventana hasta que opté por decirle que el interfón se había inventado justo para evitar las piedras en los cristales.
Un cuarto de hora después, listo para emprender mi rutina ciclista, salí del departamento y me encontré con la desconocida sentada en lo alto de las escaleras, junto a la puerta de mis vecinos; no cruzamos palabra pero me molestó que alguien —¿quién?— hubiera franqueado el acceso a una persona ajena al edificio. Cuando volví al cabo de una hora y media, la desconocida se había esfumado. Intranquilo aún por el sueño que no lograba reconstruir, salí nuevamente para comprar el periódico en un kiosco ubicado a tres cuadras. Al regresar vi que alguien —¿quién?— había pegado en la entrada de mi edificio el siguiente anuncio:
Amigos de los Parques México y España, A. C.
Asamblea lunes 9 de mayo 2005 a las 7.30 pm
en el Colegio Aberdeen Nuevo León 134
Reseña homenaje
Anita Velázquez, nuestra vecina que murió asesinada
y
Don Chucho y su hijo, nuestros queridos conductores
del camioncito del Parque México que murieron en un incendio
Mi asombro fue en aumento al descubrir que el cartel brillaba por su ausencia en los edificios aledaños: daba la impresión de que el mío había sido el único elegido para comunicar el homenaje a los tres difuntos. Como se sabe que la imaginación transita rápido por caminos imprevisibles, no tardé en relacionar el nombre de Anita Velázquez con la desconocida que había arrojado piedras a mi ventana; pensé en un cuento protagonizado por una mujer que ignora haber sido asesinada y que deambula por su barrio en pos de una vivienda que no consigue identificar.
La idea me acompañó a lo largo del baño y el desayuno —no suelo comer espagueti por la mañana, a diferencia del narrador de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo— y ganó nitidez cuando la encargada de la limpieza me confirmó, con su seriedad característica, que nadie la llamaba Tete.
Decidí entonces conectarme a internet para rastrear noticias sobre los difuntos. Abrí en primer lugar mi correo electrónico y leí el mensaje de un amigo que me recomendaba consultar cierta dirección: “No te vayas a asustar —añadía—, es algo raro.” Hice tal como indicaba, y la sorpresa fue un golpe en el estómago. Se trataba de una página de zoofilia en la que el título y un fragmento de un relato mío, recién traducido al portugués, aparecían en medio de una enorme piedra de Rosetta consagrada a sitios eróticos de toda laya:
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Comprendí, claro, que alguien —¿quién?— había localizado la palabra “fetiche” en mi texto e incorporado la cita a la página porno, pero eso no contribuyó en nada a mitigar mi estupefacción. Imaginé al personaje de otro cuento —¿o podría compartir espacio con la mujer que no asumía su muerte?—, un hombre refugiado en el anonimato cibernético que se empeña en atravesar los distintos umbrales de la realidad, una turbia figura similar a Noboru Wataya, el economista vuelto político que asuela los corredores de Crónica del pájaro...:
Siempre estaba dentro de mi campo visual, con los brazos cruzados, mirándome con aquellos ojos vidriosos y malignos como pantanos. Eso me irritaba y hacía temblar violentamente la tierra bajo mis pies [...] Cada vez que en cualquier lugar pongo los ojos en la pantalla del televisor, aparece Noboru Wataya reflejado en ella declarando cualquier cosa. Cada vez que, en una sala de espera cualquiera, cojo una revista y la hojeo, aparece en ella una fotografía de Noboru Wataya y un artículo suyo. Casi se podría pensar que Noboru Wataya está agazapado en todas las esquinas del mundo. Esperándome.
Inquieto por la noción de un ser ubicuo que controla los hilos ocultos de la existencia, cerré el correo electrónico y me dediqué a bucear en la red. No hallé información sobre Anita Velázquez, pero la búsqueda rindió frutos con los conductores del camioncito del Parque México: una nota publicada en El Universal, titulada “En recuerdo del ‘Señor de los carritos’” y fechada el domingo 1º de mayo de 2005, en la que se leía: “Desde la semana pasada, este columnista recibió una avalancha de correos (114 en total) de estimados lectores de varias colonias del Distrito Federal, quienes nos comunicaron [sic] el trágico fallecimiento de don Chucho y de su hijo Juan Malváez Ávila, ocurrido el pasado 19 de abril durante un incendio en su casa del rumbo de Santa Fe.”
Don Jesús Malváez Valencia, concluía la nota, dejó instrucciones para que en caso de un imprevisto su familia lo relevara en la labor de pasear niños: “Su hija María Luisa cumplirá ese deseo todos los fines de semana en el Parque México, siguiendo la misma ruta que trazó su padre durante casi cinco décadas.” Medio siglo de empujar un vehículo a escala por los senderos que recorro a diario en bicicleta, medité, una tarea digna de Sísifo que pocos advierten porque se diluye en el caos de la gran ciudad.
¿Qué hacer, me dije al cabo de desconectarme de internet y mientras oía una voz proveniente del pasillo afuera de mi departamento en la que detectaba un timbre conocido, con estas piezas: un sueño imposible de ensamblar, una mujer que arroja piedras a una ventana equivocada, un anuncio con el nombre de tres personas muertas en circunstancias brutales y una página de zoofilia a la que se cuela un relato que nada tiene que ver con la pornografía? ¿Cuál es el pegamento que las une para que nos lancemos a un viaje a las entretelas cotidianas sin salir de casa, sin apenas movernos de nuestra esfera? ¿No son más que meras coincidencias? Quizá.
Pero resulta que las coincidencias tejen la urdimbre profunda de un típico Día Murakami, esa clase de días en que el mundo amanece siendo más extraño que de costumbre y todo, o prácticamente todo, puede suceder.
Pues este artículo está precioso, Carmen. De verdad te lo digo. Me sumí en la lectura y al final como que flotaba a mi alrededor algo típico de Murakami. Es un gusto leerte, amiguita.
¿Por qué no pusieron el nombre del autor? Es Mauricio Montiel Figueiras, necesito la página web de donde lo cpiaron para citarlo en un trabajo de la escuela. ¿Podrían pasármela? Gracias.