domingo, 31 de julio de 2005
Danza de amor del cangrejo herradura
Mirar es parte del acto amoroso. Admirar y ser admirado es esencial entre los amantes. Especialmente para los arácnidos marinos acangrejados cuyos machos no tienen órganos sexuales que puedan visitar por dentro los cuerpos de sus hembras.
Se dice de su sexualidad que es “externa”. Lo que comúnmente sucede muy adentro, en su caso se lleva a cabo fuera de su teatro natural: la entraña femenina. Su práctica sexual pone en un escenario lo que por principio debería hacerse off scene: por eso es obscena. A la vista de cualquiera.
Este cangrejo herradura, que escondido siente desde el mar al artista caminando tiene muchos ojos o pseudo ojos especiales para percibir cosas increíbles, francamente inverosímiles. Un primer par de ellos al frente para captar rayos ultravioleta como los de la luna llena a través del agua. Son ojos que marcan como reloj biológico su tiempo de salir del mar con el fin de aparearse.
Tienen un segundo par de ojos a los lados, compartimentados como los de las moscas. También tienen otros fotoreceptores en la cola, aparentemente muy rudimentarios y de utilidad algo desconocida. Tal vez sean ojos sexuales, órganos para percibir amorosamente los huevos que la hembra deposita. Ojos que miran deseosos los huevos que el macho fertilizará poniendo encima su semen ligeramente azulado, como lo describen algunos recordando que la sangre de estos Limulus tiene componentes químicos que la vuelven diferente a la de muchos animales: azul y no roja.
La luna llena parece ser señal de emergencia amorosa para algunas especies. La luna y por lo tanto la marea. Los Limulus son especialmente sensibles a la luna llena de primavera que llega una sola vez en el año. La más alta marea la acompaña: con ella pueden depositar sus huevos en un lugar alto de la playa. Y el mismo magnetismo que reina entre los planetas y mueve el agua del mar, ejerce sobre las partes líquidas del cuerpo humano un despertar callado, un ascenso del nivel de flotación de sus deseos. La luna llama a la sangre animal que nos habita. La levanta hacia el cielo y la hace casi aullar acelerando sus latidos.
Así que nuestro artista caminando en la playa lanza varios mensajes con su cuerpo distraído: una alta marea de la sangre, una intensa secreción de feromonas, una preñez de creatividad en su cerebro y sus manos, y quién sabe qué tanto más que no sabemos.
Esta misteriosa convergencia de eventos hace que el ritual comience. La misma luna y, queremos creer, la presencia del artista, levantan la sangre observadora de los cangrejos herradura y salen del mar para reproducirse en la playa de manera espectacular. Nadie puede ser indiferente a lo que ahí es posible observar con o sin detenimiento. Nadie puede escapar a esta escena off sea: obscena.
Miles y miles, tal vez millones de caparazones fuertemente enlazados se mueven lentamente en la playa, se alejan un poco del mar. No se sabe a dónde van, dónde se detendrán y de dónde vienen.
El ruido del mar cambia al estrellarse una y otra vez con estos caparazones semihuecos en vez de la playa lisa: miles de pequeños tambores en las manos del mar repetido. Aquí y allá casi se escuchan también, infinitamente leves entre los tambores, los golpeteos de unos caparazones contra otros. Y las patas y tenazas moviéndose en su amontonamiento de muchedumbre.
La música de estas imágenes es leve pero intensa y cubre el horizonte, parece venir desde todos los rincones que nos rodean. Cuentan que con creativa fidelidad un compositor contemporáneo, canadiense de Halifax, Nueva Escocia, pero habitante de la Bahía Delaware, Lemuel Gardner, reprodujo esta peculiar escena sonora. Compuso una obra llena de drama y misterio, Limulus, Eros Agonicus o Los sufrimientos amorosos del Limulus, para veintisiete cellos y veintisiete tamborines.
Quienes han tenido el privilegio de oírla, si es que existe, la describen como una experiencia más allá de lo erótico: los instrumentos de cuerda acelerando sus desgarraduras breves y creando una respiración detenida, una nota continua y creciente formada de imperceptibles intermitencias. La fuerza de esa ola sube como las mareas. Los tambores sordos la acompañan, apenas conmovidos por las puntas de los dedos caminando tumultuosos sobre su piel tensa. Las cuerdas se vuelven como voces y su lirismo se acentúa haciendo de todo un canto adolorido. Un lieder animal. Una canción de amor natural, apasionado y sufriente.
Imaginemos al artista caminando embebido en esta música natural, embriagado por ella y también por el despliegue de formas misteriosas que se mueven en la playa ante sus ojos. Miles de bóvedas hundiéndose y saliendo de la arena. Miles de ampollas anhelantes. La escena misma seduce por su estética más que por su contenido funcional. En las formas está evidentemente la fuerza que atrae al artista. Las peculiares feromonas de los cangrejos hacia los humanos son estéticas, son visibles, operan por los ojos considerándolos por lo tanto órganos sexuales. Haciendo de ellos perceptores de formas magnéticas, seductoras, envolventes.
Tratemos de imaginar lo que ve Brian Nissen: cada hembra Limulus es cortejada por decenas de pretendientes masculinos. Normalmente más pequeños. Éstos desarrollan en su adolescencia, a los tres años de vida, un par de pinzas especiales para atrapar el caparazón de la hembra y atarse a ella mientras sale del agua. Las hembras avanzan acarreando a sus suspirantes. Uno detrás de otro, hasta nueve en una línea. Parecen collares que se arrastran sobre un ancho cuello de arena.
Las hembras llegan hasta las huellas húmedas de la marea más alta. Ahí se hunden en la arena. Sus pinzas poderosas las ayudan a cavar hondo. Desaparecen a medias y se convulsionan discretamente. Están expulsando de sus cuerpos miles de pequeños huevos verdes. Cada uno pequeño como grano de arena. Hacen un nicho o nido, lo llenan de huevos y hacen otro al lado inmediatamente.
Sobre ellos se avalanzan los machos, que ya habían sido llevados por las hembras para cubrir todos los huevos con su semen. Van de hueco en hueco dejando lo suyo. Ahí, en la arena, ellos se extasían distribuyendo sus líquidos fértiles. Lo que no cubrió el primero es humedecido por el segundo o por el tercero o por el cuarto o por el quinto. Las hileras de machos se precipitan sobre los huevos como si tuvieran una prisa infinita. El rasgo masculino distintivo de todas las especies animales parece ser esa prisa, esa impaciencia por desparramarse. Los nidos son cubiertos de arena y sobre ella una nueva capa de huevos es depositada. Un señuelo, tal vez, que desvíe a los depredadores.
Por algunos instantes, una ola de semen de cangrejo herradura cubre las playas del Atlántico americano esa noche y huele de manera peculiar desde Nueva Escocia hasta Yucatán: es la noche de los cangrejos. Se extiende en el horizonte hasta que se mete la luna llena al mar para pasar el día. Cuando sale el sol ese olor no cesa. Se reseca un poco y huele más. El sol es peligroso para estos animales. Si se descuidan los reseca. Algo que le pasa a algunos cangrejos pero no a los arácnidos comunes, cubiertos de una membrana aislante que no tiene su pariente el Limulus.
Por eso antes de que salga el sol los cangrejos machos se sueltan y van regresando uno por uno al fondo obscuro de donde salieron. El collar inmenso sobre la playa se desgrana y vuelve a esconderse atrás y abajo de las olas. Como piedras que cayeran de nuevo al fondo del agua después de haber flotado misteriosamente en ella.
En otros catorce días, durante la luna nueva, cuando la marea suba de nuevo hasta los huevos fertilizados, éstos habrán crecido muchas veces y se habrán convertido en miles de pequeños cangrejos que correrán torpes por la playa con deseo instintivo de conocer el fondo del agua.
Lo que hemos visto a través del artista en la playa de Nueva Inglaterra fue muchos siglos antes descrito en las leyendas de los primeros habitantes de las costas americanas. Lo han incluido en sus mitos los antepasados de las tribus algonquinas de Nueva Escocia, pero también los winnebago. Dicen que esto que ya reconocemos como una asamblea de animales parecía a sus ojos uno solo y lo llamaban Dixanagat, la bestia del arco iris de la noche, habitante de los inframundos submarinos, que una vez al año sale a pronunciar su nombre de mil sílabas para que no se le olvide al mundo.
Y lo describen como tal vez el mismo Brian Nissen lo vio: “un sólo animal extendido a lo largo de la arena hasta donde la vista alcanza, cubierto de escamas como una serpiente, plano como una lengua pero con jorobas leves. Lengua que deja luego en la playa una saliva verde de la que saldrán miles de pequeñas almas con patas, que regresarán al mar.”
Mirando y siendo mirado, el cangrejo herradura hace el amor con los de su especie. Pero al mismo tiempo hace una amplia danza del amor con las otras especies que podamos verlo. Recordemos que su sexualidad es “externa”. En aquella noche esa era su manera de incluir al artista en sus radicales planes amorosos. Al mirar y ser mirado con intensidad, y luego al realizar una obra que transforma la anatomía del animal, ya estaba el artista, sin saberlo, acoplado simbólicamente como cangrejo milenario.
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Hummm...Carmen, tan interesante y revelador...que me has inspirado el tema para un cuento, jeje. Un abrazo, y más de éstos, ehhh.
Qué soberana y despampanante manera de aparearse en la playa, de noche, en plenilunio, al compás de las olas y de las ruedas de los vehículos que masacran a millones de acangrejados seres. Es la magia de la naturaleza teniendo un encontronazo constrastante y horrible con la modernidad...más carreteras costeras, xD.
Pos yo no se pero esta danza cangrerígena (así se dice?) me dio que pensar. El mundo parece basarse a final de cuentas en las danzas sexuales de los seres vivos, sean de las especies que sean, así que...
Creo que te has equivocado de cangrejo, porque , ni la fotografia ni lo que cuentas, tienen nada que ver con el CANGREJO HERRADURA.
Te sugiero que te documentes en internet.
UN AMIGO
Te sugiero que te documentes en internet.

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