martes, 09 de agosto de 2005
 

««Sin ningún esfuerzo recuerdo los sonidos recogidos en mi memoria, que llegan otra vez nebulosamente a mis oídos envejecidos. Los sonidos que escuchaba al amanecer en nuestra isla de Xaltocan.Muchas veces me despertó el reclamo del Pájaro Tempranero, Papan, gritando sus cuatro notas: «¡Papaquiqui!, ¡pa-paquiquü», invitando al mundo a «¡elevarse,cantar, danzar, ser feliz!» Otras veces me despertaba un sonido todavía más temprano;era mi madre moliendo el maíz en el métlatl de piedra, torteando y dando forma a la masa del maíz, para luego convertirla en los grandes panes delgados y redondos, los deliciosos tlaxcali, que ustedes conocen por tortillas. Incluso hubo mañanas en que me desperté más temprano que todos, con excepción de los sacerdotes del dios-sol Tonatíu. Acostado en la oscuridad los podía escuchar soplando las caracolas marinas, que emitían balidos roncos y ásperos, en lo alto del templo de la modesta pirámide de nuestra isla, en el momento en que quemaban el incienso y cortaban ritualmente el pescuezo de una codorniz  (porque esta ave está moteada como una noche estrellada) y cantaban en un rítmico son a su dios: «Ve como la noche ha muerto. Ven ahora y muéstranos tu obra bondadosa, oh joya única, oh encumbrada águila, ven ahora a alumbrar y a dar calor al Único Mundo...» »»






Azteca la leí hace tiempo, cuando todavía no me había dado
por buscar ebooks en la Web, sino que me limitaba a coleccionar de primera mano libros escritos en papel. Y bueno, alguien me la recomendó, y además, creo que hasta me la prestó. El lib
ro en sí me conmovió.

Yo había leído algo de historia de México en unos tomos (creo que doce o más) que publicó en México una editorial muy conocida por su promoción de la cultura, y había tenido además dos encuentros con esa obra magistral que es “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España” de Bernal Díaz. Pero la novela de Jennings fue otra cosa.

En primer lugar me agradó el modo en que Gary Jennings intenta plantear su historia, contada en primera persona desde la perspectiva de un azteca (Nube Oscura o Mixtli) nacido en Xaltocan, isla cercana a Tenochtitlán, unas décadas antes de la Conquista.

Y desde el mismísimo comienzo, cuando los primeros párrafos del libro empiezan a transmutarse en imágenes, tenemos la impresión de que nos encontramos ante una gran novela histórica narrada bajo un argumento contundente en la que Jenningns, desplegando sus enormes cualidades de escritor, nos va introduciendo gradualmente en los insospechados recovecos de un paisaje prehispánico auténtico, en una atmósfera tan real que nos extrapolamos sin notarlo a aquellos tiempos tan ricos en los que se vivió de un modo tan distinto, con costumbres tan disímiles a las actuales y bajo credos y dogmas incompatibles e inconciliables. Ese es, hay que decirlo, el gran mérito del autor norteamericano.

Conocer por medio de un libro la inasible blancura de una ciudad viva y dinámica cuyo centro es el comercio, las fritangas, los olores, las ventas, los trueques, los canales, la alfarería, la carpintería, el arte, las chinampas, los grandes puentes de madera y piedra, las chalupas, es una experiencia incomparable.

Y en Azteca llegamos a conocer esos secretos, los secretos de una ciudad preanunciada por los dioses, el habitáculo del nopal, el águila y la serpiente, heredera de una cultura dominante en el Anáhuac, dueña de una inquebrantable mística, forjadora del vigor de sus habitantes, con sus abigarradas costumbres religiosas, con sus hábitos sociales y civiles, con sus códigos de guerra y su poder sacerdotal, su condición e influencia de las castas, su respeto casi sagrado hacia las leyes que regulaban la conducta, y sobre todo, creadora del omnímodo poder que emanaba del gran tlatoani, sempiterno emperador protegido por sus dioses. Todo eso es simplemente avasallante.


««La mayoría de los edificios de Tenochtitlan eran de dos y algunas veces hasta de tres pisos de alto, y muchos de ellos se veían todavía más altos porque estaban construidos sobre pilares para evitar la humedad. La isla en sí no era más alta que la estatura de dos hombres por encima de las aguas del lago de Texcoco. Así es que en aquellos días había tantas calles como canales cruzando la ciudad. En algunas partes, los canales y las calles corrían paralelos, así la gente que caminaba podía platicar con la que iba en las canoas. En algunas esquinas, frente a nosotros, podíamos ver gente apretujada alborotando de un lado a otro; en otras, solamente el destello de las canoas al pasar. Algunas de ellas eran embarcaciones de alquiler para pasajeros, para llevar a aquellas personas que tenían prisa, a través de la ciudad, de una manera más rápida de lo que ellos pudieran caminar. Otras, eran los acáltin privados de los nobles, que estaban -muy decorados y pintados con toldos arriba para protegerlos del sol. Las calles estaban fuertemente apisonadas y planas con una superficie de barro; los canales tenían bancos de mampostería. El agua de muchos canales estaba casi al mismo nivel de las calles, de tal manera que los puentes para transeúntes podían girar sobre sí mismos, hacia unlado, mientras pasaba una canoa. »»




Ningún mortal podía, por ejemplo, estar ante la presencia del gran Moctezuma sin que su rostro no tocase antes la tierra, y en el momento del encuentro, sin siquiera tener la opción de verle a la cara, decirle con devoción: «Señor, mi señor, mi gran señor». Cualquiera que tuviese el atrevimiento de no postrarse o irrespetar estas reglas, moría en el acto.

Un libro, por lo general, tiene mucho que enseñar al lector que anda en busca de primicias y novedades. Las costumbres de los pueblos, de cualquier pueblo, por hablar sólo de un tópico, puede traernos de repente, como ráfaga de aire fresco, una reflexión imprevista: este es el caso de Azteca. Una cultura adoradora del maíz acostumbrada a labrar la tierra, a sembrar sus milpas, a cuidarlas y cosecharlas con rigor sorprendente, casi con misticismo, no podía quedarse atrás en la concepción de sus códigos sociales. A fin de evitar en lo posible el robo, (los ladrones eran procesados y ejecutados al pie de la letra), todo agricultor debía dejar en sus parcelas una franja de varios metros cargada de maíz, para que cualquiera que deseara tomar el producto (el viajero cansado, el paria, el antojadizo) lo hiciera justamente de las siembras de esa franja sin costo alguno. ¿Hay una enseñanza en esta inusual costumbre precolombina?

Por lo demás, se sabe que para conformar su novela Jennings tuvo que sumergirse por años en la búsqueda de antecedentes históricos, de hechos sobresalientes, de costumbres ancestrales, a fin de poder contarlos de un modo categórico. Yo creo que lo consigue con creces. Cuando leemos su libro asistimos de manera privilegiada a los ritos, a las guerras y a las costumbres de un gran pueblo como el Azteca, guerrero por naturaleza y luchador como pocos, pero sobre todo, defensor de sus creencias y de sus dioses, que jamás se daba por vencido.

En Azteca, Jennings nos enfrenta con la dualidad de una serie de consideraciones éticas: nos enfrenta al desafío imperturbable de dos culturas antagónicas, de dos mundos tan lejanos como el tiempo: la del vencedor y el vencido, la del invasor e invadido, entre las que se interpone un negro velo que las divide irremediablemente, un insondable abismo de creencias, una muralla prejuiciosa que no tiene más que un solo destino: vencer o ser vencido.

Se trata, pues, de una novela que nos introduce en la vida cotidiana de una gran civilización prehispánica como lo fue la Azteca y nos permite asistir por medio de su lectura a su propio nacimiento, esplendor y decadencia, desvelándonos con crudeza sus ritos y costumbres, planteándonos su cara tan opuesta a las culturas predominantes en el viejo continente.

Un libro que se lee de un solo golpe, la verdad.

Ahí se ven.



Tags: Azteca, Gary Jennings, Tenochtitlan, Ebooks

Publicado por OswaldoLilly @ 22:24
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Comentarios
Publicado por Nubeblanca77
miércoles, 10 de agosto de 2005 | 2:35
Sea por comentarios anteriores o por la excelente manera de recomendar una lectura, buscaré "Azteca" para recrearme con tan fabulosa experiencia. Gracias oswaldo. Chica
Publicado por jokimii
jueves, 11 de agosto de 2005 | 0:34
ay pues ya me dieron ganas de leer este, x D...bonito contenido para un libro que habla de cultura mexicana escrito por un gringou.
Publicado por CarmenVives_24
viernes, 12 de agosto de 2005 | 20:53
Se lee de un solo golpe como dices y además, te aturde conocer una cultura tan brillante, tan llena de vida, amante del orden y lo prolijo. Decir que adoraban muchos dioses y eran más sangrientos que otras civilizaciones es cuestionable y lo sabemos. Pero yo quiero ver todo lo bueno que los aztecas me pueden enseñar en un libro como este y como otros.
Publicado por Sayuuz
jueves, 03 de noviembre de 2005 | 17:56
Bueno Oswaldo, si tienes el ebook podrías anvi´rmelo porfis?:]
Publicado por Visitante
martes, 21 de julio de 2009 | 17:12
Original libro este, de una belleza literaria extraordinaria. Gracias por recordar Azteca de Jennings.