martes, 23 de agosto de 2005
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Según Hemingway, cuando un escritor encuentra una oración “verdadera”, el resto de la historia se escribe por sí misma.

Tal le aconteció a Jaime Muñoz Vargas, que halló esa oración contemplando la fotografía de unos peones —acompañados de un perro— a los que bautiza como los “Tereseros” porque, a sus espaldas, en el vagón de ferrocarril, se lee: "Hacienda Santa Teresa".

Ése fue el inicio; de ahí en adelante la novela se escribió de un tirón, según él mismo confiesa, y se lee, asÍ mismo, de un regocijado tirón.

En efecto, Juegos de amor y malquerencia (Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia 2001 y publicada por Joaquín Mortiz en 2003) narra las peripecias de diez peones a quienes el destino reunió en 1924 en la hacienda algodonera Santa Teresa “para el trabajo, pero también, y mucho más, para el borlote”. Después de entrarle “a la friega desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde”, en el “calorón” de la comarca lagunera, se daban cita debajo del pinabete para cantar unos corridos cardenches que les aliviaban el corazón.

Los sábados, después de la raya, visitaban el “salón Doloritas” para el “argüende”, para echar bailongo cada uno con su prieta y deleitarse con unos tacos acompañados de harto chile y repollo. Era un mundo de hombres y los “Tereseros” se entendían requetebién.

Esta rutina cambia radicalmente cuando, en un viaje a Torreón, la “Campamocha” descubre el beisbol y decide deslumbrar a sus compañeros con su descubrimiento. Llega provisto de una pelota y dos guantes que se “voló”, pero le faltaba lo mero principal: el bat.

La carencia se remedia tallando con la chaira un palo de mezquite y puliéndolo amorosamente. Luego, calzados con sus botas vaqueras, los “Tereseros” se inician en el deporte, cuya práctica los conducirá a aventuras y emociones insospechadas.

La narración es lineal, en dos voces diferentes, sin que el cambio de tercera a primera revele la identidad del narrador. Es una historia sobre la amistad y el compañerismo entre estos hombres que comparten el pinabete grande, los cigarros Tigres, el sotol y al “Chamuquillo”, mientras entonan los melancólicos corridos cuyas tonalidades, -como dijo alguna vez el también durangueño Antonio Avitia, gran conocedor de los corridos-, semeja el agudo silbido del viento entre los huizaches y magueyes.

Es un relato que habla del norte, del desierto, del sol y el calor abrasador, pero sobre todo del beisbol. Por supuesto, existe la historia de amor con la presencia de las mujeres que, a principios del siglo veinte, llegaron a estos lares en busca de trabajo, dinero y un lugar en donde hacer una vida nueva.

Sobresale en la novela el arte de Muñoz para rescatar el habla local, incluyendo vocablos propios de la zona y el diminutivo en “illo”, seguramente, como lo dice en un poema, porque es dueño “de la palabra coloquial y viva y hermosa y universal y eterna en mí/al menos en mí/de La Laguna”.

Salpimentado el texto con estas expresiones y animado en primerísimo lugar por el espíritu lúdico de Muñoz, ni duda cabe que el premio Ibargüengoitia fue a caer en buenas manos.
Publicado por OswaldoLilly @ 17:26
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Comentarios
Publicado por Nubeblanca77
miércoles, 24 de agosto de 2005 | 20:08
Caray, Os...es esta historia mexicana con sabor a norte un suculento platillo y además, premiada. aunque no creo tanto en los premios literarios, ¿se podrá conseguir el ebook? Avergonzado
Publicado por CarmenVives_24
sábado, 27 de agosto de 2005 | 20:18
Mmmm...no creo que el e-book esté disponible, aunque podría ser. Me despertaste la curiosiad, oswaldo, pinta para buen tema.
Publicado por Sayuuz
domingo, 06 de noviembre de 2005 | 22:33
Pues sí, puede ser. Por lo menos se ve que el tema es singularísimo, y con eso ya va de gane.:]