El hombre tiene tanta necesidad
de huida
como del alimento y del sueño
profundo.
—Auden.
Según Todorov existen viajes de descubrimiento y exploración de lo desconocido, viajes de retorno, de regreso al pasado.
El viaje moderno se interesa en el lector que acompañará al narrador en su viaje de encuentro con otra realidad ajena a la suya, que fue común en el siglo XIX. Pero en el siglo XX, el relato de viaje es ya una empresa del colonialismo: se intenta dar una visión “verdadera”, inobjetable, sobre un tiempo y un espacio que la mirada europea debe domesticar. ¿Cómo definir este viaje “especial” que fue capaz de despertar en Graham Greene un odio tan sólido hacia México y la gente, las costumbres, la política y el gobierno, el arte y los pueblos que conoció en su itinerario?
Su hostilidad parece el resultado de una actitud marcadamente colonialista del europeo que cree tener la razón en sus manos y más cuando se trata de pueblos “inferiores” como México.
Graham Greene trajo su verdad, una ideología determinada por su estilo, su experiencia inglesa, y su conversión al cristianismo en 1927, once años antes de venir a México. Siempre quedará por resolver el problema de por qué escogió Greene este país.
Él mismo lo planteó: “¿Realmente esperaba encontrar allá lo que no había encontrado aquí? ¡Cómo!, si éste es el infierno, y no estoy fuera de él, contestaba Mefistófeles a Fausto”.
El país que vio Greene tenía un gran futuro, pero le pareció absurdo que a los trabajadores les siguieran prometiendo la felicidad terrenal. La tarea que se impuso el cronista fue muy clara: explorar la realidad descubierta con la finalidad de condenarla, debido a la ausencia de Dios. La fe se impuso a la escritura del viaje. A través de su prosa el lector mexicano puede descubrir un espacio y un tiempo muy precisos, pero Greene le infunde a sus descripciones un perfil terrible. Nada se salva de la suciedad y el olvido.
Todorov distingue entre el viaje interior y el viaje exterior que “va de la complicidad a la hostilidad”. Y agrega que “en nuestra civilización, que privilegia lo espiritual en detrimento de lo material (pero no es la única que lo hace), el viaje real unas veces se ensalzará como encarnación o prefiguración del viaje espiritual, y otras se denigrará en la medida en que hay que preferir lo interior a lo exterior”.
Greene hizo una combinación del viaje interior con la descripción de la realidad que fue repasando, una comparación del presente con su pasado en Inglaterra. Y “su” pasado es posible verlo como un conflicto entre sus deseos íntimos y el mundo de afuera que lo llevó al psicoanálisis en 1920, algo inusual para un joven de su edad. La experiencia psicoanalítica le pareció un periodo feliz porque le permitió inventar historias en cada sesión.
Tal vez por eso consideraba que un novelista tiene mucho de espía: “vigila, escucha, busca motivaciones, analiza a los personajes y, en su afán de servir a la literatura, carece de escrúpulos”. En 1938 seguía en esa actitud de inspector que va a revisar la obra de un país; era un visitante que en nombre de la misión que le había sido encomendada, y de la literatura, podía dejar de lado los escrúpulos.
Impresionado por los mendigos que como sombras aparecían y desaparecían en las estaciones de la ruta del tren, consideró que esa miseria era México.
Greene creía, siguiendo a Cobbet, de quien leía Paseos rurales, que el paisaje no era como lo habían definido los románticos; que olfateaban a Dios en las regiones más áridas. Cobbet, en cambio, juzga un paisaje de acuerdo a su valor para los seres humanos. Y este valor lo impuso Greene a la realidad mexicana.
A bordo del tren que lo lleva a la ciudad de México, sólo registra la aridez que va pasando por su ventanilla como un espejismo y la miseria que comprueba en las estaciones; los mendigos que se acercaban “por ambos lados de la vía, como sucios animales de un zoológico abandonado”.
En la ciudad de México visitó muchos sitios, pero principalmente fue a la Villa de Guadalupe, que era el santuario vital de México, el “centro de la devoción de toda una nación”. De casi todo el cronista hizo un juicio.
El muralismo le pareció digno pero cargado de ideología; los frescos de Orozco y de Rivera revelan, explica, grandes hazañas ideológicas del hombre, la creación, la historia, pero en todo momento Dios ha sido sustituido por la ciencia, el progreso. El Hijo de la Creación de Rivera “¿qué es sino el progreso, la dignidad humana, grandes y vacíos conceptos victorianos que la vida niega a cada instante?”.
Dejó la Ciudad de México una mañana en la que pudo leer en los periódicos, ojeados en la estación de trenes, que el presidente Cárdenas había firmado el decreto de expropiación de las compañías petroleras.
La medida le pareció una farsa más de las que había urdido la Revolución mexicana para ganarse la voluntad popular. El viaje puede tener la finalidad, explícita o inconsciente, de conocer otros lugares, conocer “el otro”, o el conocimiento de sí mismo. Explorando el mundo, “uno empieza a descubrirse a sí mismo”, dice Montaigne, ya que “Este vasto mundo es el espejo en que hemos de mirarnos para conocernos bien”.
El descubrimiento que llevó a cabo Greene fue de sí mismo y de un tiempo y un espacio que le vio en una situación anárquica, un laberinto en el que su pensamiento se perdía y la imaginación del artista flotaba: “La vida parecía amontonarse como amontonan las latas viejas y los zapatos contra un rompeolas; uno formaba parte de la resaca”.
De alguna manera, Graham Greene violó muchas teorías del relato de viajes en la escritura de Caminos sin ley, un relato que mira de lejos la existencia del “otro”; pues “el yo no existe sin el tú”, dice Todorov, y agrega que “uno no puede acceder al fondo de sí mismo si se excluye a los demás”.
Greene intentó precisamente llevar a cabo esa exclusión: borrar del espacio y del tiempo en que iba entrando a México al “otro”, llámese Juan, la Revolución Mexicana, Diego Rivera, la Avenida Juárez, Orizaba, Frontera o Villahermosa, Tabasco.
Su odio al país que visitaba no se explica sin esa búsqueda de aliviar su alma y su mente, abrumadas en los años de trabajo periodístico y de disimulada felicidad viajando.