Desarrollada a partir de los últimos diez días en la vida de Adolfo Hitler,”La caída” no es un filme complaciente, maniqueo ni juicioso.
Retrata horrores, sí, pero horrores que aniquilan los sueños de grandeza y el autoritarismo de un hombre convirtiéndolos en frustración desmedida, poniéndolos al alcance del espectador común.
Bajo la dirección del alemán Oliver Hirschbiegel, que trabajó sobre un guión de Bernd Eichinger basado en los libros Inside Hitler’s bunker y Until the final hour, "La caída" entrega su drama de continuo llevando la pantalla de un horror a otro, no físico (aunque tiene sus momentos como aquel de la amputación), sino psicológico.
Y es que a pesar de que el filme se centra en la siempre atractiva figura de Hitler, la cual ha sido abordada mayoritariamente en su aspecto de loco y abusador irracional, el realizador consigue dotarlo de una humanidad difícil de encontrar en otro Hitler de la pantalla.
De esta forma, el personaje está lleno de matices contradictorios cercanos a los que sufre cualquier mortal (sólo que agrandados por la ostentación de poder): sueños de grandeza y poder frustrados que devienen en ira, impotencia y muerte.
Quien funciona como eje narrativo en "La caída" es Trandl Jungle (Alexandra Maria Lara), la secretaria particular del llamado Führer. Es la Trandl vieja quien primero aparece en pantalla asegurando que ni siquiera era una nacionalsocialista cuando aceptó su trabajo, pero que fue la curiosidad la que lo llevó a él.
De esa curiosidad parece contagiarse el cineasta, quien expone su visión de la decadencia de Hitler enfatizando en su desmoronamiento interior, pareciendo preguntar a cada instante la validez de los conceptos de bondad y maldad.
Es el 20 de abril de 1945, y ante el asedio del ejército ruso a Berlín, Hitler (interpretado con solvencia por Bruno Ganz) se halla recluido en su búnker subterráneo. La ciudad, mientras, queda devastada, reducida a un montón de escombros y restos humanos que dificultan la huida de los civiles (“en una guerra como ésta los civiles no importan”, dice el personaje de Hitler), y que acaban por convencer a los soldados nazis de que lo mejor es escapar.
Pero a la huida y la traición, elementos innatos en la derrota, se suma, al menos de entrada, un principio de enajenación incapaz de asimilar la inminente derrota. Así, la amante del Führer, Eva Braun (Juliane Kohler), organiza la fiesta de cumpleaños del dictador que conquistó Europa debajo de la ciudad sitiada.
La alegría y los festejos como escapismo (como lo son en cualquier sociedad) pronto se disuelven para darle cabida a la desesperanza alimentada por la sensación de vacío producida por la derrota y el liderazgo perdido.
Hirschbiegel consigue transmitir todas esas sensaciones a partir, principalmente, de dos personajes. Uno de ellos es Traudl, pues la actriz se sirve de su mirada y su belleza natural para emitir lo mismo sensaciones de angustia o miedo que de alegría.
Y no se diga menos del trabajo de Ganz como Hitler. Él consigue externar las contradicciones y frustraciones de un líder que se sabe traicionado y desobedecido; transmite el dolor de sus sueños rotos del Tercer Reich ante la maqueta de su ciudad ideal (quería reducir todo a escombros).
Pero, sobre todo, consigue desdoblar matices que enriquecen al personaje: manifiesta una ira desmedida (que pide cabezas), una amabilidad humanista y una desolación que lo convierte en un ser decrépito, envejecido y devorado desde adentro por sus propios demonios.
La secretaria es una mujer que, más que creer en las supuestas bondades del régimen nazi, es atraída por las sólidas convicciones de su jefe, cree no en las virtudes de este sistema, sino en la integridad del hombre, su fortaleza y sus creencias. No lo juzga, simplemente lo admira y acaba siguiéndolo hasta el fin.
Y como su personaje, el director no hace juicios. Se dedica, más bien, a exponer horrores surgidos de la condición humana, de su enferma hambre de poder. No hay ni bondad ni maldad (hay fieles seguidores como Goebbles y su mujer; o traidores como Himmler), sólo un horror, una búsqueda de sobrevivencia de la que se va llenando la pantalla.
Suicidios-asesinatos ilustran la esperanza perdida, lo mismo que aquella escena del general que deja caer sus granadas en una comida familiar o el envenenamiento de los niños Goebbles o los suicidios colectivos.
"La caída" es más que un relato sobre Hitler, resulta un bien manejado relato sobre la condición humana.