Sería bueno saber qué razones tuvo quien autorizó la realización de Los duques de Hazzard para el cine, muy aparte del redivivo negocio, claro.
¿Qué acaso no tenía televisión en su casa? Esa es la única excusa posible para revivir una serie de televisión mediocre en la que cada semana pasaba lo mismo. Aunque bueno, para cuestión de gustos siempre habrá espectadores para las cosas del espectáculo.
Al menos esa es una de las ventajas de la versión fílmica, el no tener que someterte a la misma historia cada capítulo; a menos, claro, que a alguien se le ocurra hacer una secuela.
Con escaso material, en términos de historia y personajes, la cinta es extremadamente fiel a la serie televisiva y eso no es necesariamente positivo. Todo se desarrolla en el ficticio condado de Hazzard, una parte del sur de Estados Unidos donde reina el ambiente campirano.
Incluso el auto de nuestros protagonistas, un modelo de 1969, se llama el General Lee en alusión a un héroe sureño, y tiene una bandera del Sur en el techo.
El hablar del coche no es un capricho, puesto que es la herramienta crucial de Bo Duke (Sean William Scott) y su primo Luke (Johnny Knoxville), quienes se dedican a contrabandear el licor ilegal que su tío Jesse (Willie Nelson) hace en su propiedad.
Complementa el cuadro familiar la prima Daisy (Jessica Simpson), que no tiene ningún papel evidente en la historia aparte de lucir atractiva en ropa diminuta.
Los duques de Hazzard no es divertida, aunque pretenda serlo, las persecuciones no ofrecen nada que no se haya visto antes de manera más espectacular y la historia tampoco es interesante.
Pasará sin pena ni gloria por un rato de entretenimiento.
¡Corte!