lunes, 29 de agosto de 2005
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“Que extraña escena describes y qué
extraños prisioneros, son iguales a nosotros."
Platón, República, Libro VII.
Una pequeña alfarería, un centro comercial
gigantesco. Un mundo en rápido proceso
de extinción, otro que crece y se multiplica
como un juego de espejos donde no parece
haber límites para la ilusión engañosa.


Hace más de dos mil años que Platón inventó ese mito de la caverna en que los hombres sólo veían sombras; sus cuerpos encadenados estaban condenados a vivir en la oscuridad; sólo el conocimiento y la sabiduría serían su guía para romper las ataduras y así poder asomarse a la luz de la verdad.

Hoy pareciera que aún seguimos encadenados y, paradójicamente, somos nosotros mismos quienes creamos nuestras propias cavernas y las llenamos de las sombras que proyectan nuestras vanas ilusiones. Ese es el mensaje al que José Saramago quiere enfrentarnos en su libro “La Caverna”, y sin duda lo logra.

Según el autor, todos nos buscamos en los reflejos falaces de los aparadores, y creemos que entre más bienes materiales acumulemos más cerca estaremos de nuestra imagen utópica de la felicidad.

Pero la felicidad no puede venir de fuera, no puede comprarse con dinero, no puede adquirirse en los almacenes porque simplemente está ahí, en el lugar más olvidado, en el recoveco más lejano de nuestro corazón.

Y en ese entreverado laberinto, ese juego de espejos imposible de descifrar, Saramago nos lleva de la mano a vislumbrar esa pregunta viviente encarnada e iterativa: ¿qué somos?

Como una danza de mil velos en medio de una sinfonía de ideas perfectamente revestidas en translúcidas palabras, Saramago nos habla de ese silencio que somos cada uno de nosotros, de ese silencio contenido en lo más profundo, y, desde ese lugar remoto, traduce y desvela suavemente, poéticamente, el misterio que engendra la vida, invitándonos a descubrir así la verdad que guardamos en nuestra propia e ignota caverna.

Detrás de cada velo descubrimos una historia que a su vez se entreteje y se confunde sutilmente con los delgados hilos de las demás historias.

En los diálogos cotidianos surgen los mensajes más profundos, los cuestionamientos filosóficos por excelencia; en la sencillez aparente de la existencia yacen las complicaciones obcecadas de la mente, los tortuosos caminos de la razón confundida en sus propios callejones sin salida: "Realmente las personas somos muy complicadas, pero si fuéramos simples no seríamos personas" —arguye el autor—.

Saramago apunta la flecha directo al corazón de sus lectores: sus simbolismos son tan ricos que los niveles de lectura se multiplican exponencialmente. Los temas que aborda son inagotables, y uno podría regodearse analizando cada uno de sus personajes (incluyendo al increíble perro), las relaciones con uno mismo, nuestros miedos, nuestros sueños, nuestros deseos y nuestros quebrantos, todos unidos en la misma madeja.
La alfarería de Cipriano Algor devorada por la inmensidad del Centro Comercial, la tradición engullida por la modernidad, el barro desbancado por el plástico, el hombre aniquilado por el hombre.

Cómo nadar en el océano de la tecnología que parece olvidar las raíces de este hombre que sigue siendo de barro, de un barro aún inacabado, que necesita moldearse con los días, secarse, cocinarse en el fuego de la vida, colorearse hasta encontrar un poco de sentido, y al fin quebrarse para convertirse nuevamente en polvo. El mensaje de “La Caverna” es una invitación a reinventarnos a nosotros mismos, a automoldearnos de nuevo como el barro del que provenimos.

Pero Saramago va aún más lejos que Platón, pues nos propone que, más que la sabiduría, es el amor la única fuerza que puede liberarnos de esas cadenas y darnos las alas para emprender la incanzable búsqueda de nuestro perdido y anhelado camino.

Porque polvo somos... y al polvo volveremos.
Publicado por OswaldoLilly @ 19:45
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Comentarios
Publicado por Nubeblanca77
lunes, 29 de agosto de 2005 | 23:17
Ceniza y polvo, polvo y ceniza, eso es lo que somos finalmente, es cierto. Claro que Saramago, por lo que pones aquí, va mucho más allá...¿la felicidad la da el dinero? loco, pues es lo que nos muestran a diario. Tienes dinero, has triunfado, no tienes dinero, fracasaste chico. ¿Qué tristeza! loco
Publicado por CarmenVives_24
lunes, 05 de septiembre de 2005 | 17:51
Sorprendente! Tendré que leer a Saramago y sacar mis propias conclusiones. Bueno! :]
Publicado por Sayuuz
martes, 08 de noviembre de 2005 | 19:31
Excelente...y sí, es imprescindible conseguir la novela, saluditos:]