lunes, 29 de agosto de 2005

Amor a primera vista

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Vengo del tiempo en que los cines eran buques trasatlánticos. Antes de zarpar, aquellos armatostes inventaban una noche fugaz y dos horas de sueños. Atrás, en la orilla de la luz, se quedaba la inverosímil rutina de la vida inservible. Eran auditorios anónimos para más de quinientas almas ávidas de historias.

En mi memoria, las grandes salas de cine trazan el mapa de una ciudad perdida para siempre. En esas calles transitan todavía personajes desprendidos de guiones cinematográficos y un padre con su hijo. Durante mucho tiempo, mis puntos cardinales fueron los cines de las calles del Centro de la ciudad de México.

Presento mis credenciales. Conocí el Palacio Chino, un ostentoso teatro de cortinajes rojos y grecas orientales a donde mi padre me llevó a ver El Puente sobre el Río Kwai (1957), la película del director David Lean con William Holden y Alec Guinness. Me refiero a la dramática historia de la construcción del puente que levantaron bajo maltratos indecibles los prisioneros de guerra ingleses y estadunidenses bajo las órdenes del temible coronel japonés Sessue Hayakawa.

Aún puedo silbar la melodía que hizo famosa esa trama de guerra. Debió ser el año de 1961 pues aún tenían que leerme los subtítulos. Me gustaba que el cine tuviera dos entradas y dos taquillas, una en la calle Iturbide número 21 y otra en Bucareli 18. En la dulcería, mi padre, una enciclopedia viva de la ciudad de México, me contó que en ese mismo lugar estuvo la Arena Nacional.

“Aquí pelearon Conde, Casanova, Zurita y Ricardo Manzanilla, gigantes del boxeo, no los bultos que ahora cobran carretadas de dinero por subirse al ring”. El 17 de mayo de 1942 mi padre y mi madre fueron al Palacio Chino. Llevaban tres meses de casados. Función doble de la Fox a dos pesos el boleto con intermedios a las 6:13 de la tarde y las 9:01 de la noche: La Enredadora y Vanidad Fatal, en la que Betty Grable era la rival en amores de su propia hermana. Hay al menos una posibilidad de que mi hermano mayor viniera a este mundo desprendido de caricias secretas en la penumbra de un cine.

El Orfeón estaba en Luis Moya, entre Independencia y Artículo 123. Enfrente estaba el hotel Metropol: “En el bar de ese hotel”, me señalaba mi padre, “pacté un gran negocio”. Más adelante estaba el cine Pathé. Mi padre me asegura que alguna vez me llevó, pero mi memoria lo ha desaparecido para siempre de mi vida. Recuerdo que caminábamos por esas calles en el año de 1965 y que en Independencia, entre Revillagigedo y Balderas, estaba el Metropolitan.

En 16 de Septiembre, entre Gante y San Juan de Letrán, estaba el cine Olimpia: “Para que normes tu criterio. Aquí cantó Carusso. Allá arriba estaban las cabinas de la XEW”. La pasaba bien en el cine con mi padre. Pequeño problema: me daban miedo los segundos de oscuridad que anunciaban la luz de la pantalla grande y los gritos contra el Cácaro.

Mi padre me explicaba que no pasaba nada, que así era la cosa, pero se sabe que yo no entiendo razones. Por cierto, los cortos de Demetrio Bilbatúa me sacaban de quicio, sólo la dulcería me consolaba del Noticiero Continental.

Me alejé del Centro y de mi padre, me dediqué a mis amigos, al barrio y al cine. El Lido, en la calle Tamaulipas, el Estadio, frente al multifamiliar Juárez que destruyó el terremoto del 85, el Gloria, en Campeche, Las Américas, en Insurgentes esquina con Baja California.

Dos funciones por cuatro pesos. No buscábamos prestigio, ni cultura, pero a veces nos tropezábamos con el arte. En la cartelera elegíamos sólo las películas que prometían mujeres desnudas en la pantalla. Hay hombres favorecidos por sus sueños. A nosotros nos favorecieron en la oscuridad de la sala enorme del cine Lido. Un programa doble: Las noches cálidas de Lady Hamilton (para que normen su criterio, les digo ahora que la amante del almirante Nelson ejercía una lujuria perpetua) y Mujeres apasionadas (1970) de Kent Russell, con Glenda Jackson, Oliver Reed, y Alan Bates. Nos importaba poco la adaptación de la novela Women in Love de D. H. Lawrence y mucho las escenas de sexo.

En la dulcería discurríamos sobre la sexualidad descontrolada de Lady Hamilton e íbamos al baño de dos en dos, nunca solos. Mis padres me habían dicho que en los baños de los cines había hombres que ofrecían costosos regalos a cambio de actos indecibles. Nunca recibí una oferta, pero todavía cuando voy al baño de un cine me cuido las espaldas.

Un chispazo en la oscuridad: la película de Mike Nichols con Alan Arkin, Martín Balsam y Art Garfunkel. Tomé mi lugar en una butaca del cine Estadio una tarde de diciembre del año de 1975 para ver de qué trataba esa película de nombre extraño, Trampa 22. Tiempo después leí la gran novela del narrador norteamericano Joseph Heller.

El relato empieza así: “Fue amor a primera vista”. A mí me pasó lo mismo, por eso invité a esa novia al cine de Las Américas a ver Hommo Eroticus (evítense los comentarios mordaces); sí, en efecto, con Lando Buzzanca, un garañón italiano de bigote recortado que arrasaba a las mujeres como una tempestad sexual.

Nos sentamos en las últimas butacas, abajo del rayo de luz que proyecta las imágenes en la pantalla. Le pasé el brazo derecho sobre los hombros y apoyé la mano izquierda en su muslo. Un paraíso irrecobrable.

De allá vengo, del tiempo en que uno se podía perder en la oscuridad anónima de los grandes cines, cuando las películas se llamaban películas y no filmes.

Buen actor ese Buzzanca.



Texto de Rafael Pérez Gay, escritor, editor y periodista.


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Este perez gay tb escribe bien, Car, pero que no sea lo que estoy pensando porfa :]


No, excelente y premiado escritor mexicano, un orgullo de las leras contemporáneas por xiertoGuiño