martes, 30 de agosto de 2005
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Si echamos un vistazo a su trayectoria, notaremos que Saúl Bellow ha tendido a menospreciar La víctima.

Si con Dangling Man se graduó como escritor, La víctima fue su posgrado.

Asa Leventhal, quien puede o no ser la víctima en la novela corta La víctima, es editor de una pequeña revista comercial en Manhattan.

En el trabajo tiene que soportar las pullas de un antisemitismo ocasional. Su esposa, a quien ama profundamente, está fuera de la ciudad. Un día, en la calle, Leventhal siente que está siendo observado. Un hombre se le acerca, lo saluda afectuosamente. Con dificultad recuerda su nombre: Allbee. ¿Por qué se le ha hecho tarde?, pregunta Allbee. ¿Acaso no recuerda que tenían que llegar a una reunión? Leventhal no puede recordarlo. ¿Entonces por qué está aquí?, pregunta Allbee. (Una y otra vez Allbee atrapará a Leventhal con esta clase de jiu-jitsu lógico.)

Allbee ahora se embarca en una historia tediosa del pasado en la que él mismo había arreglado para Leventhal una cita con su jefe (el de Allbee), durante la cual Leventhal se había (Allbee dice que a propósito) comportado de modo insultante, como consecuencia de lo cual Allbee había perdido su trabajo.

Leventhal recuerda vagamente lo sucedido pero rechaza la insinuación de que esa entrevista fuera parte de un complot contra Allbee. Si él se había puesto furioso en la entrevista, dice, fue porque el jefe de Allbee no tenía ningún interés en él. Sin embargo, indica Allbee, ahora él está sin trabajo y sin casa. Tiene que dormir en posadas de mala muerte. ¿Qué es lo que Leventhal piensa hacer al respecto?

De este modo comienza la persecución de Allbee sobre Leventhal —o al menos eso es lo que siente Leventhal. Leventhal resiste con firmeza el reclamo de Allbee de que como le ha causado un perjuicio ahora está en deuda con él.

Esta resistencia es planteada por completo desde dentro: ninguna palabra del autor nos indica qué partido tomar, cuál de los dos es La víctima, cuál el perseguidor. Tampoco recibimos ninguna guía con respecto a la responsabilidad moral. ¿Leventhal resiste prudentemente haber sido embaucado, o se rehúsa a aceptar que cada quien es guardián de su prójimo? ¿Por qué yo?, es su único lamento. ¿Por qué este extraño me reprocha, me odia, busca que yo lo compense?

Leventhal afirma que sus manos están limpias, pero sus amigos no están tan seguros. ¿Por qué se involucró con un personaje tan desagradable como Allbee?, se preguntan. ¿Está seguro de sus motivos? Leventhal evoca su primer encuentro con Allbee, en una fiesta. Una niña judía cantaba una balada, y Allbee le había dicho que en vez de eso cantara un salmo. “Si no naciste con las baladas no tiene caso que lo intentes”. ¿Acaso él, inconscientemente, decidió hacer pagar a Allbee por su antisemitismo?

Con el corazón oprimido, Leventhal le ofrece albergue a Allbee. Los hábitos personales de Allbee resultan ser sucios. Además fisgonea entre los papeles privados de Leventhal.

Una tarde al llegar a su casa, Leventhal se topa con la puerta cerrada con llave y a Allbee en su cama (la de Leventhal) con una prostituta. La indignación de Leventhal divierte a Allbee.

¿Quién es Allbee? ¿Un loco? ¿Un profeta encubierto? ¿Un sádico que elige sus víctimas al azar? Allbee tiene su propia historia. Es como un indio de las praderas, dice, que con la llegada del tren ve el fin de su antiguo modo de vida. Ha decidido unirse al nuevo modelo de distribución.

Leventhal, el judío, miembro de la nueva raza de amos, debe encontrarle trabajo en el ferrocarril del futuro. “Quiero dejar a un lado mi pony para ser conductor de ese tren”.

Como su esposa está a punto de regresar, Leventhal ordena a Allbee buscar otro lugar donde vivir. En mitad de la noche despierta para encontrar el departamento lleno de gas. Su primer pensamiento es que Allbee intenta matarlo. Pero resulta que Allbee ha estado tratando, sin éxito, de suicidarse en la cocina.

Allbee desaparece de la vida de Leventhal. Pasan los años. Gradualmente Leventhal se despoja del sentimiento de culpa, del cual “ha salido triunfante”. No hay razón, reflexiona, de que Allbee le envidiara su buen empleo y su matrimonio feliz. Esa clase de envidia descansa en una falsa premisa: que para cada uno de nosotros se ha realizado una promesa. Ninguna clase de promesa se ha realizado, ni con Dios ni con el Estado.

Entonces, una tarde se topa con Allbee en el teatro. Es el acompañante de una actriz venida a menos; huele a alcohol. He encontrado mi lugar en el tren, le informa, pero no como el conductor, simplemente como un pasajero. He llegado a un acuerdo con “el que está a cargo”. “¿Qué idea tienes acerca de quien está a cargo?”, pregunta Leventhal. Pero Allbee ha desaparecido entre la multitud.

El Kirby Allbee de Bellow es una creación inspirada: cómico, patético, repulsivo y amenazador. A veces su antisemitismo parece afable, como una especie de fanfarronería; en ocasiones habla como si hubiera sido poseído por su propia caricatura de lo judío, y fuera ella quien viviera dentro de él y hablara a través de sus labios. Ustedes, los judíos, se han apoderado del mundo, gimotea. No hay nada que nosotros, pobres norteamericanos, podamos hacer sino buscar una humilde esquina por nuestra cuenta. ¿Por qué nos victimizan de esa manera? ¿Qué daño les hemos hecho?

Ante todo Allbee es un sinvergüenza, haragán, inmundo. Incluso cuando quiere congraciarse es ofensivo. Déjame tocar tu cabello, le suplica a Leventhal: “Es como el pelo de un animal”.

Leventhal es un buen esposo, un buen tío, un buen hermano, un buen empleado en circunstancias extremas. Es instruido, no causa problemas. Quiere ser parte del mainstream de la sociedad norteamericana.

“La víctima” es el libro más dostoievskiano de Bellow. El argumento es una adaptación de “El eterno marido” de Dostoievski, la historia de un hombre acosado inesperadamente por el esposo de una mujer con la que él tuvo un romance años atrás, alguien cuyas insinuaciones y demandas se vuelven cada vez más insufribles.

Pero no sólo es la anécdota lo que Bellow debe a Dostoievski, ni el motivo de este doble detestable. El verdadero espíritu de “La víctima” es también dostoievskiano.

El mensaje es: los cimientos de nuestra vida pulcra y ordenada pueden derrumbarse en cualquier momento; exigencias inhumanas pueden llegar de improviso y desde los rincones más extraños.

Sería completamente natural resistirse.
Publicado por OswaldoLilly @ 21:07
Comentarios (3)  | Enviar
Comentarios
Publicado por jokimii
miércoles, 31 de agosto de 2005 | 0:26
Hmmm...creo que le dieron en nobel a Bellow no? Aunque sea de judios, como la mayoria de sus novelas, la trama se oye bien...Fumador
Publicado por Nubeblanca77
miércoles, 31 de agosto de 2005 | 22:38
WOWO, como dice Joki, la sola reseña ya me anima a leerlo. Muchas risas
Publicado por Sayuuz
martes, 08 de noviembre de 2005 | 19:44
Bien explicado aquí, con eso de entrada te dan ganas e leerlaGuiño