sábado, 17 de septiembre de 2005

Bestiario literario…

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Me interesa siempre, como una historia de amor excéntrico, la pasión de los artistas por ciertos animales que cruzan con frecuencia sus obras y se convierten en parte de ellos, de su autorretrato: los engolados minotauros de Picasso, las frágiles aves de Braque, para mencionar dos extremos.

El mexicano Francisco Toledo ha poblado sus cerámicas, dibujos y cuadros con un universo fascinante de conejos con erecciones gigantes, cangrejos y cocodrilos.

Observa a los animales desde dos perspectivas simultáneas, desde arriba y desde un lado, mezclando arte Occidental con recursos de artes tradicionales como la de los aborígenes australianos.

De ahí que con frecuencia sus animales parezcan volar, como las vacas alucinadas de Marc Chagall sobre los techos de los poblados rusos. Toledo ilustró, con extrema fidelidad a su propio universo animal, el ya clásico Manual de zoología fantástica de Jorge Luis Borges.

Avatar notable de ese género, el de los bestiarios: esos recuentos de la otredad y del asombro que cuando quisieron ser naturalistas al hablar de los nuevos continentes recién descubiertos en otros siglos fueron bestialmente fantasiosos.

Porque la otredad de la naturaleza animal siempre nos parecerá fascinante e ilimitada en sus posibilidades. Cada animal es infinito, es emblema de lo posible.

Por eso no debe extrañarnos la afirmación del zoólogo mayor de lo literario diminuto, Augusto Monterroso, cuando afirma en su sabio tratado sobre el Movimiento perpetuo: “Hay tres temas: el amor, la muerte y las moscas. Desde que el hombre existe ese sentimiento, ese temor, esas presencias lo han acompañado siempre. Traten otros los dos primeros. Yo me ocupo de las moscas que son mejores que los hombres, pero no que las mujeres.”

Imaginemos aquella escena fundadora (según el psicoanalista clásico J. Lacan), en la cual el niño se ve por primera vez en el espejo y con esa primera percepción de sí mismo comienza a construir su identidad.

Modifiquemos la escena y aceptemos que el niño, entre dos parpadeos, se ve a sí mismo a ratos como un animal. Ese espejo sincero nos habla todos los días, si nos damos cuenta. El animal en nosotros aguarda siempre para ser contado.

El animal: lo que somos abajo de la piel, o lo que radicalmente creemos que no somos cuando la mosca inquieta en el oído nos hace girar de golpe y se rompe el espejo.

Cuando estamos en alguna biblioteca muy grande, e incluso en algunas francamente pequeñas, si guardamos el debido silencio se escucha a lo lejos el ruido de los animales corriendo por dentro de los libros de un extremo a otro de los estantes que albergan cuanto se ha impreso.

Los animales habitan las bibliotecas porque habitan la literatura y varios otros terrenos tipografiados y encuadernados. Pero invocando el placer absoluto de contar cuentos por encima de la erudición zooliteria, escuchemos también a los otros animales literarios, a los que no han sido impresos y dan sus pasos al ritmo de los nuestros, nos cuentan sus historias y dialogan, se perfilan por contraste o similitud, con los animales ya impresos.

Porque, continuando con el giro bestial que nos guía, aceptemos que leer cuentos de animales se convierte en un aprendizaje vital: es un acceso a nuestro elemental y más profundo abecedario. Es aprender a ver el rincón “oscuro” de nuestro espejo. Que tal vez sea nuestra mejor cara.

Recordemos que todo animal es un cuento en movimiento que gira para morderse la cola.

Si sorpresivamente sentimos el mordisco somos ese animal y debemos comenzar a contar, cantar, escribir o aullar nuestra historia, como le sucedió a un tal Gregorio Samsa al despertar aquella mañana...


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Me gusto la foto, esta genial.
De ser posible quiero ver mas.
No te afendas no hay nada sucio o loco.

Tomar fotos es algo que me raya:
www.rojo-sillon.blogspot.com


Hola Jsigler. no me ofende, por el contrario, suelo respetar los gustos de las personas porque cada quien es diferente. Te agradezco el comentario y qué bueno que nos visitas. Bienvenido!:]