lunes, 19 de septiembre de 2005
Un manuscrito inescrutable…
"En ese temible volumen yace el misterio de los misterios".
Sir Walter Scott
A finales de 1912 un vendedor de libros antiguos de Nueva York llamado Wilfred M. Voynich volvió a su ciudad natal de una visita a Europa con un pequeño manuscrito, cuidadosamente empaquetado.
Tenía gruesas tapas de pergamino, separadas debido al uso. De las 204 hojas de pergamino delgado de que constaba el manuscrito; Voynich calculaba que, originalmente, el librillo debió tener al menos 28 páginas más que se habían perdido.
Su formato era de cuarto grande, ya que medía unos 15 por 22 cm. y el texto, escrito en caracteres apretados y con tinta negra, iba ilustrado con más de 400 pequeños dibujos en rojo sangre, azul, amarillo, marrón y verde brillante.
Las ilustraciones mostraban curiosos arabescos y tubos que parecían intestinos, figuras femeninas desnudas, estrellas y constelaciones y cientos de plantas de extraño aspecto.
El pergamino, la caligrafía y la historia conocida del manuscrito sugerían a Voynich un origen medieval, y la abundancia de especimenes vegetales insinuaba que podía tratarse de un herbario, un libro de texto mitad científico, mitad mágico, que describía las cualidades místicas y médicas de las plantas y su uso.
Pero esto no era más que una simple conjetura, ya que estaba escrito en un lenguaje que Voynich no pudo descifrar, y aunque el texto podía ser descompuesto en «palabras», cuyas letras eran familiares a medias, en el fondo no tenían sentido. Voynich sólo pudo suponer que estaban escritas en un idioma desconocido, quizás algún dialecto o algún código.
Aunque Voynich no era criptólogo, tenía, indirectamente, algunas nociones de simbología. Voynich sabía que existían convincentes pruebas que sugerían que el autor de la extraña obra era Roger Bacon, monje franciscano del siglo XIII que había combinado sus estudios de filosofía, matemáticas y física experimental con la alquimia.
Quizás Bacon había logrado inventar, 600 años antes que Boole, un sistema de lógica simbólica, o quizá simplemente había elaborado un código para camuflar sus investigaciones en torno a la piedra filosofal y el elixir de la vida, eludiendo así la acusación de practicar la magia negra, acusación que en la Edad Media solía tener fatales consecuencias.
Mientras le daba vueltas a todas esas posibilidades, Voynich se dirigió al mundo académico buscando una solución; mandó hacer docenas de copias del documento y se las envió a todos los especialistas que pudieran colaborar. Con cada copia, envió un resumen de lo que él sabía del manuscrito.
Lo había comprado, pagando una cantidad no revelada, a principios de 1912, tras haberlo hallado en la biblioteca del Colegio Mondragone de los jesuitas, en Frascati, Italia. Antes de llegar allí, el manuscrito había permanecido custodiado durante 250 años en el Collegium Romanum de los jesuitas; había sido depositado ahí por un célebre erudito y criptólogo jesuita del siglo XVII llamado Athanasius Kircher, quien también había intentado descifrarlo sin éxito.
Según una carta fechada el 19 de agosto de 1666, Kircher había recibido el libro de manos de su antiguo alumno Joannes Marcus Marci, rector de la Universidad de Praga; el libro había formado parte de la biblioteca del Sacro Emperador Romano Rodolfo II, hasta su muerte en 1612.
A todos los efectos, Rodolfo había cedido el gobierno de sus reinos de Hungría, Austria, Bohemia y Moravia a los jesuitas, prefiriendo dedicar su tiempo a patrocinar las ciencias y pseudociencias. Las que más le interesaban eran la botánica y la astronomía; creó un complejo jardín botánico y construyó un observatorio en Benatky, cerca de Praga, para el astrónomo danés exiliado Tycho Brahe. (El que era por entonces su ayudante, Johannes Kepler, bautizaría después sus Tablas rudolfinas en honor a su antiguo protector.)
Pero los intereses más personales de Rodolfo se orientaban hacia la alquimia, y empleó mucho tiempo y mucho dinero en la instalación de un laboratorio alquímico al que invitó a alquimistas de toda Europa. Uno de ellos, Johannes de Tepenecz, firmó su nombre en un margen del manuscrito Voynich, según se descubrió posteriormente.
Otro alquimista famoso fue el inglés John Dee, quien entre 1584 y 1588 vivió en la corte de Rodolfo como agente secreto de la reina Isabel I. Es posible que fuera Dee quien trasladara el manuscrito a Praga.
Dee, que había sobrevivido al encarcelamiento en tiempos de la reina María Tudor, en 1555, acusado de brujería, se transformó en favorito de su media hermana Isabel. Los experimentos necrománticos que realizó con su ayudante Edward Kelley suenan a superchería, pero poseía un profundo conocimiento de la teoría y de la práctica alquímicas, así como de astrología, astronomía, matemáticas, geografía y navegación celeste (una de sus obsesiones era hallar el pasaje noroeste hacia la India); pero sobre todo era un espía de capa y espada. Intentó la creación de claves secretas y estudió las que ya existían, en beneficio de su jefe, lord Burghley.
Dee también admiraba mucho los trabajos de Roger Bacon, y coleccionó muchos de sus manuscritos. Tenía numerosos puntos en común con el monje franciscano; ambos se interesaban, por ejemplo, por las escrituras secretas.
En cualquier caso, parece que fue el doctor Dee quien regaló a Rodolfo II el manuscrito de Voynich, diciéndole que era obra de Bacon. Sir Thomas Browne afirmaba que Arthur Dee, hijo del doctor Dee, le había hablado de un «libro que sólo contenía jeroglíficos, y en el cual su padre había ocupado mucho tiempo, pero nunca dijo que lo hubiera descifrado».
Éstos son, entonces, los antecedentes del problema que Voynich planteó al mundo académico en 1912, problema que provocaría angustia en muchos círculos intelectuales de Europa y América, ya que, aunque los grupos de letras y «palabras» que allí aparecían daban la impresión de ser tan sencillos «como el nombre de un viejo amigo cuando lo tienes en la punta de la lengua» –como dijo un escritor– en realidad no lo eran.
El manuscrito, hasta la fecha, sigue siendo un indescifrable misterio, y aún espera por alguien que con su genio, tal como ocurriera con los jeroglíficos maya o la Piedra de la Roseta, pueda aclarar su místico contenido.
Añadir comentario
Algo leí sobre esto, Oswaldo, y sí, parece que es el enigma más extraño en la historia de la literatura o algo así.
WOWO Oswaldo ¿qué místicos conocimientos encerrarán todas esas páginas? ¿Y los dibujitos? ¿Será que hay plantas misteriosas cuyo poder desconocemos? ¿O algunas son plantas de otras latirudes celestes? ¿Y qué de las representaciones cosmogónicas?
Todo un misterio sin resolver, claro
Todo un misterio sin resolver, claro


