Los gastrónomos mexicanos suelen llenarse de orgullo al mencionar los productos que este país ofreció por primera vez a la vieja Europa.
Se suele mencionar en la historia a cuatro sabores esenciales: el guajolote, el chocolate, la vainilla y el jitomate.
La información que nos llega a través de internet sobre el jitomate es la siguiente: "Alimento muy sano, rico en vitamina C y sales minerales, el jitomate es un refrescante y poderoso aperitivo por lo que se utiliza como ingrediente en muchísimos platillos".
Aun cuando en la práctica tomate y jitomate sean sinónimos, los españoles, por ejemplo, entienden por tomate al fruto rojo y jugoso que los mexicanos llaman jitomate y que en Italia llaman Pomodoro.
Al comienzo los europeos contemplaron a este bellísimo fruto con cierta precaución y le pusieron diferentes nombres, incluso en un principio se cultivó el jitomate como planta de ornato que se mostraba en los jardines reales pasa asombro de quienes no lo habían conocido jamás, pero al final fue imponiéndose en las cocinas reales y de allí pasó a ser un plato predilecto del buen pueblo.
No se sabe exactamente cuál fue la primera persona que mordió un tomate inundando su boca con tan agradable jugo, pero está claro que pronto se convirtió en otro tipo diferente de manzana, por así decirlo.
El jitomate, que llegó por primera vez a la boca de una reina francesa, que lo miró precavidamente, es ya un fruto de prestigio y consumo mundial. Pero lo cierto es que el jitomate no nació exactamente en México, sino que procede del sur de nuestro continente: Perú. Cuando llegaron los invasores españoles se sorprendieron ante esa manzana dulce y húmeda que se deshacía en la boca de los consumidores.
Hay una bellísima descripción de cómo los nuevos frutos llegaban hasta los aposentos reales mexicanos antes de que éstos fueran invadidos por los ejércitos de Hernán Cortés. Esta descripción aparece en la “Historia de las Indias de Nueva España e Islas de la Tierra Firme”, que en su día redactó Fray Diego Durán.
Fray Diego Durán pinta las constantes caravanas de tributarios que traían sumisamente desde esclavos hasta piedras preciosas, llenando el camino hacia el palacio de Moctezuma de una de las más prodigiosas caravanas que difícilmente puede imaginar el ser humano. Aún cuando Fray Diego no señale precisamente a los jitomates no hay razón para que superando el paso de los siglos no imaginemos cómo los cestos con jitomates llegaban encuadrados en aquel prodigioso cuerno de la abundancia.
"De otras provincias tributaban maíz, frijoles, chía, huauhtli, chile de diferentes especies y maneras que hay de ellos, y se cría en esta tierra, que a ellos les sirve para diferentes modos y maneras de guisados que guisan".
El libro “Plantas Mexicanas”, que es un documento imprescindible, menciona todos estos tomates que se cultivan en México: tomate arriero, tomate de burro, tomate de cáscara, tomate cimarrón y tomate de culebra.
Menciona también al jitomate chitalino, que es una variedad de frutos como globos rojos de unos 15 mm de diámetro; comestible. Se ve silvestre y también cultivado, existe también el tomate de bola que es un fruto esférico.
Con el paso del tiempo el jitomate invadió las cocinas europeas y fue admirado, no sólo por los cuadros renacentistas y de sopas que hicieron las delicias de los italianos, sino por toda la gente. No podía menos que deslumbrar el brillante destino de aquellos que conformaban las caravanas que acudían al palacio de Moctezuma.
Pero no hay nada que viaje más de prisa que un rico sabor, y en este sentido, galopa más y mejor el jitomate que los caballos.