Pareciera que los dos grandes temblores de 1985 ya hubiesen ocurrido antes y que el 19 de septiembre sólo confirmaron su presencia con todos esos edificios y calles derrumbadas y los miles de muertos.
Ya había estado temblando en las entrañas de México desde principios del régimen de Miguel de la Madrid, e incluso desde antes, cuando la quiebra de la economía mexicana del presidente-rey López Portillo; de hecho, había estado temblando en las conciencias y el corazón de la sociedad desde 1968, y esta debacle al mismo tiempo de la ciudad y de la nación, de la sociedad y del Estado -todos ellos conglomerados en el monstruo priista, de innumerables hocicos, garras y culos- se sentía venir desde entonces.
Se va a caer la SEP, ser va a caer PEMEX, se van a caer los bancos, se van a caer los tribunales y las cárceles, se van a caer el Seguro Social y el ISSSTE, el “nacionalismo revolucionario”, el “mandato claro”, “la soberanía nacional”, la UNAM y el Politécnico, las policías, el Ejército, las pensiones, la cultura,
el congreso, el propio PRI...
Toda esa ostentosa, aparatosa nación ya meramente ilusoria se estaba sacudiendo todos los días y a todas horas desde lustros atrás. Cuando la ciudad se vio por tierra se hizo obvio que también estaba minado el organismo que la manipulaba, y que sigue cayendo, en un Apocalipsis lento, a veces lentísimo, hasta la fecha.
El propio aturdimiento inicial del gobierno de De la Madrid, que duró varios días, y permitió que el vacío que el Estado dejaba en el rescate y la reconstrucción fuese instantáneamente ocupado por infinidad de organismos hasta entonces fantasmas o nonatos: lo que se llamó, con esta ebriedad tan mexicana por las palabrotas y frasesotas que dicen mucho y nada, la Sociedad Civil.
De hecho, cuando el gobierno finalmente reaccionó y se unió a los rescates y a las reconstrucciones que ya encabezaban otros, se sirvió de esos organismos recién nacidos -a quienes quiso considerar meramente “solidarios”-, lo hizo más bien para apoyar con los fondos y la fuerza del Estado a esos nuevos grupos, que muy pronto se declararon enemigos del PRI -aunque generalmente surgidos de él-: las ubres oficiales nutrieron al PRD, al PAN, a otros partidos enemigos.
Y muy poco después, en 1988, conocimos por primera vez en la historia del siglo XX unas elecciones realmente reñidas y dudosas cuyos resultados todavía, casi veinte años después, pueden ser negados por todos.
Se “cayó el sistema electoral” la noche de las elecciones de 1988 porque: a) dizque el candidato oficial Salinas iba perdiendo, ante Cárdenas y/o Clouthier; b) dizque el candidato oficial Salinas apenas les iba ganado por poco margen a esos adversarios y perdiendo la mayoría en el Congreso; c) dizque el candidato oficial Salinas iba ganando con razonable margen, pero quería un poder bien redondo.
Se le inventó a Salinas en Gobernación “una mayoría clara” de 50.1 %, o algo así, de los votos, cifra ante la que la nación entera y el propio PRI se carcajeó.
Había temblado fuerte en el sistema electoral tradicional y la democracia mexicana andaba por tierra, como edificio céntrico estallado por los temblores de 1985.