Con un atractivo concepto editorial que integra, en paralelo, la propuesta fotográfica de autor con el desarrollo del tema, Trilce Ediciones presenta un interesante libro que, si bien puede leerse como una publicación dedicada a la lucha libre mexicana, en realidad es una espléndida exposición impresa de la fotografía que sobre el tema ha realizado Lourdes Grobet durante casi treinta años.
Curada por Alfonso Morales con la colaboración de Gustavo Fuentes y José Manuel Aurrecoechea, la muestra-libro documenta, al mismo tiempo, el devenir que desde la pasada década de los setenta han tenido tanto la propuesta creativa de la artista como el entorno público y privado del rudo espectáculo.
Integrada por imágenes realizadas de 1975 a 2003, la publicación enriquece y completa la información visual a través de distintos textos que dejan testimonio de algunos sucesos relevantes en la historia de la lucha libre en México y, sobre todo, de las historias de vida de los protagonistas que aparecen en las imágenes.
Con un texto introductorio en el que Carlos Monsiváis plantea la identificación de la lucha libre con la cultura popular y un ensayo final en el que Gabriel Rodríguez hace una semblanza de las relaciones artísticas y afectivas de Grobet con el espectáculo en cuestión, el libro sobresale por la misma razón que han destacado las fotografías de la artista: su talento para atrapar y comunicar las circunstancias humanas de la lucha libre, de sus protagonistas y de sus espectadores.
El afecto popular, el poder de la máscara y del traje, la pasión del público, la personalidad de las arenas vacías, el ostentoso y sensual gusto de los luchadores, el ostentoso y sobrio gusto de los empresarios, la admiración de los niños y la profunda cariñosidad de las luchadoras, son sólo algunos de los múltiples aspectos del deporte que comparte la fotógrafa.
Nacida en 1940 en la Ciudad de México, Lourdes Grobet se caracterizó desde los años sesenta por su lúdica y libre postura ante la creación artística. Participante en el fenómeno setentero de Los Grupos, activista de las prácticas conceptuales y afecta a las dimensiones estéticas populares, la artista se introdujo en el mundo de la lucha libre cuando todavía no era una moda en el gusto intelectual.
Con algunos ejemplos provenientes de los setenta, su trabajo destacó principalmente durante la primera mitad de la década ochentera, cuando las producciones conceptuales iniciaron su entrada a los recintos institucionales.
En esa época, su atención se centró en la relación personaje-persona de los luchadores: El Huracán Ramírez, Aníbal y Rayo de Jalisco en primer plano ovacionados por la multitud, la lucha sangrienta entre Canek vs Ricky Chosyu, la exagerada monumentalidad de André El Gigante, la sangrienta derrota de Sangre Chicana.
Con más énfasis en la persona que en el personaje, se acercó al famoso Santo —El enmascarado de plata— mientras filmaba una película: lo atrapó comiendo un helado y un taco fuera de la filmación, esperando su toma, dejando que le hicieran prueba de luz.
Y, también en estos años, descubrió para los espectadores el entorno privado de los enmascarados, su relación de familia, su capacidad para hacer trabajo tan fino como el que realizaba Flash en su taller de joyería y su increíble participación como personajes de fotonovela.
En esta época, Grobet también se introdujo en lo que, desde mi punto de vista, constituye su aproximación más valiosa: las luchadoras. Con una mirada tan entrañable como sorprendente, la artista demostró la ficción profesional de la lucha libre al delatar el femenino, maternal y delicado entorno de las posiblemente falsas bruscas mujeres.
Sin abandonar el interés por la persona, en las fotografías más recientes se descubre la evidente ficción del espectáculo, su incredibilidad y sus nuevos públicos pertenecientes a grupos muy distantes de la cultura popular.
Un cambio que en el contexto del libro, se convierte en una historia gráfica de los sentidos que ha tenido la lucha libre mexicana en los últimos 30 años.