Según informa el American Journal of Science , en una noche de junio, en el puerto de Pictou, Nueva Escocia, «en una noche de calma chicha», cayó a chorros, a bordo de un navío, una sustancia amarilla.
El análisis reveló la presencia de nitrógeno, de amoníaco, y un fuerte olor animal. En un sentido puramente elemental, no importa tanto lo que puede ser hallado en no importa qué lugar.
Madera de caoba en las costas de Groenlandia, cucarachas en la cima del Mont Blanc, ateos en misa, hielo en la India, mojados en gringolandia.
El químico que analizó la sustancia de Pictou sometió una muestra al redactor del Journal, el cual encontró en ella, por supuesto, trazas de polen; nada hubiera podido atravesar el aire, en junio, cerca de los bosques de pinos de Nueva Escocia, sin escapar a las nubes de esporas.
Pero el redactor no escribió que esta sustancia «contenía» polen. Olvidó «el nitrógeno, el amoníaco y el fuerte olor animal», declarando únicamente que la sustancia era polen.
Pongámonos por un momento en el lugar de los peces de las grandes profundidades.
Si los peces de las grandes profundidades quisieran llevar la cuenta de las caídas de materia animal procedente de la superficie, ¿cómo lo harían? ¿Intentarían tan sólo hacerlo?
Si planteo la cuestión es porque resulta muy tentador el definir al hombre como un pez de las grandes profundidades.
El 14 de febrero de 1870 cayó en Génova, Italia, según el señor Boccardo, director del Instituto Genovés, y el profesor Castellani, una sustancia amarilla.
El examen microscópico reveló, sin embargo, numerosos glóbulos de azul de cobalto, y también corpúsculos color perla que se parecían al almidón .
M. Bouis habla de una sustancía variando del rojo al amarillo, caída en cantidades enormes y sucesivamente el 30 de abril, el 1º de mayo y el 2 de mayo en Francia y en España: esta sustancia, que se carboniza desprendiendo un olor a materia animal quemada, no era polen: sumergida en alcohol, produjo un residuo de materia resinosa. De ella cayeron centenares de miles de toneladas.
M. Bouis declara que dicha sustancia no era polen, y la enormidad de su caída parece darle la razón. Pero la materia resinosa sugiere el polen. Así que es el momento de hablar de una caída abundante de materia resinosa, enteramente divorciada de toda sugestión de polen.
En Gerace, Calabria, el 14 de marzo de 1813 cayó un polvo amarillo que fue recogido por el signore Simenini, profesor de química en Nápoles. Tenía un gusto terroso, insípido, y fue descrito como «untuoso».
Calentada, esta materia se volvió parda, negra… después, roja. De acuerdo con los Annals of Philosophy , uno de sus componentes era una sustancia amarillo verdosa que, desecada, se convirtió en resinosa.
Pero esta caída fue acompañada de ruidos ensordecedores en el cielo y de un chaparrón de piedras.
Estos fenómenos, ¿son asociables a una dulce y apacible llovizna de polen?