“Columnas salomónicas, foyer, azulejos, candelabros. Los cines eran lugares prodigiosos, de una hermosura arrobadora”, dice el director Arturo Ripstein.
En el departamento de su hijo Alejandro —con quien trabaja en la edición de su más reciente cortometraje, la segunda parte del que hizo algunos años atrás acerca de Lecumberri—, Ripstein habla con un entusiasmo que sospecho adquirió un día de 1948, cuando su madre lo llevó por vez primera, en brazos, al cine Alameda. Es evidente que no lo ha perdido. Conversa con el apasionamiento de un joven, con la precisión de un cineasta y con la contundencia que le da una larga, compleja y exitosa trayectoria.
“El cine Alameda tenía un patio colonial mexicano, balcones, un techo con estrellitas que se prendían y se apagaban. La primera vez que entré me preocupé de no parpadear para no perderme nada. Llegamos justo en el momento del noticiero, que mostraba una carrera de caballos (la primera imagen que vi en la pantalla grande). Como siempre en esos noticieros, se documentaban inauguraciones e, invariablemente, la pasión de Oberammergan. Todo en blanco y negro. Los noticieros eran más una serie de chismes sensacionalistas que de noticias. Eran un oráculo para calcular el futuro. La guerra de Corea, por ejemplo, llegaba a esos noticieros con un mes de retraso, de modo que antes las noticias te deban la posibilidad de calcular, entender y estudiar el pasado.”
En retrospectiva, hoy la ciudad de México de 1948 parece de una inocencia casi inconcebible. Con menos de tres millones de habitantes, dos formas de marcar un teléfono (Ericcson o Mexicana), el presidente Miguel Alemán publicaba un desplegado felicitando a los mexicanos con motivo de las festividades de fin de año. En las páginas de los diarios se reflejaba el ambiente de prosperidad y “decencia” que fomentaba el regente Uruchurtu.
El Teatro Follies (“casino de atracciones, estrictamente familiar”) anunciaba con gran escándalo: “¡Sí señor! ¡Hay quien tiene dos exóticas! Hay quien tiene cinco exóticas. Y hay hasta quien tiene diez exóticas. ¡Nosotros somos pobrecitos! Y solamente tenemos una, pero ella es... Tongolele. ¡La exquisita! ¡La creadora! ¡La única!, acompañada del coloso y temerario actor cómico- crítico Palillo.”
El whisky que llegaba venía de Canadá: Lord Colvert, y la bebida de moda, Del Valle Frizz (ginebra con refresco) era “suave como un vals y refrescante como la brisa”. Los señores se peinaban con Wildroot, las señoras compraban un sostén-bustos Venus y se perfumaban con My Sin, de casa Lanvin (Rumeur. Scandal). Quienes podían hacerlo viajaban en el Tren Internacional de Ferrocarriles Nacionales que, con su servicio Águila Azteca, ahorraba nueve horas en el recorrido México- San Antonio, y 15 en el México-St. Louis: “Viajar en ferrocarril es como viajar en su propia casa”.
Sin embargo, aquel día —quizás un 13 de diciembre de 1948— Arturo Ripstein fue al cine, no a ver a Gary Cooper y a Paulette Godard en Los Inconquistables (producción de Cecil B. de Mille), ni a Cary Grant y Miran Loy en La casa de los sueños. No sabía que Vivien Leigh hacía el papel protagónico de Ana Karenina, Susan Hayward actuaba en Raíces de Pasión, y Joaquín Pardavé y Elsa Aguirre sufrían en Ojos de Juventud. A Ripstein sus padres lo llevaron al cine Alameda a ver una superproducción, “en glorioso technicolor”, donde, “por arreglo con Walt Disney habrá precio especial para niños desde la primera semana”: Pinocho.
“Era tan joven que no me preocupaba Pinocho, sino su padre, Gepetto —comenta Ripstein—. La gruesa cortina de pesado terciopelo rojo que cubría la pantalla del cine Alameda era para mí un objeto de anticipación y de emoción nunca antes experimentadas. Una vez que entré a ese mundo no quise dejarlo jamás. El ritual de voltear a ver quién está en la sala, el lento transcurrir de la luz hacia la oscuridad, el abrirse de la primera cortina, y luego la segunda, los instantes previos a que se ilumine la pantalla, nos hacen pensar y sentir que no hay barreras entre lo real, lo posible y lo que ocurre en la cinta.
“Ir al cine era una cosa seria; una salida en toda la extensión de la palabra. La gente se arreglaba para ese evento y después iba a merendar o a cenar a Sanborns de los Azulejos. Recuerdo que, enfrente, en la calle de Madero, había un restaurante de mucho lujo que se llamaba Lady Baltimore, para “gente vestida”. El atuendo determina la conducta y, en ese sentido, ¡Los Beatles acabaron con todo! El mural de Sanborns me asombraba muchísimo: era una especie de Arcadia, carente de figuras humanas, que parecía indicar que la vida debía ser mejor sin personas, —dice Ripstein con un puro entre los labios y un sarcasmo legendario.
“Asistir al cine era una costumbre pero también era un premio. Era barato, pero no tanto, y no para todos. Había cierto cine para cierta clase social y en cierto barrio. No había zonas, como ahora, sino barrios. Empezaba la tele. Se escuchaba mucho la radio. Pero si querías ver algo que se moviera tenías que ir al cine, y el centro de la ciudad era el lugar de encuentro por excelencia. A la salida siempre había un tipo con una cajita de 30 X 20 X 10 que te tomaba una foto. Un chicharito te daba una boleta para que pasaras a recogerla al día siguiente. Era de tamaño postal. Así, podías guardar una imagen de ti caminando en el centro con tus papás, o posando frente a la fachada del cine o del teatro.
“Recuerdo que el Alameda siempre olía a desinfectante, y no podía faltar la presencia de un gato encargado de comerse a las ratas y demás alimañas. Por lo general, había una película por cada cine. Era raro que una sola película estuviera en más de una sala a la vez. Un caso insólito fue el de El último couplé, que duró meses en el cine Arcadia. Las películas tenían que cubrir topes. Si de jueves a domingo no lograban reunir cierta cantidad de dinero, la cambiaban.
“Como mi padre [Alfredo Ripstein] es productor, desde muy pequeño me llevó a los estudios a ver las filmaciones. Me tomó algún tiempo entender que lo que yo veía ahí y lo que aparecía en la pantalla tenían una relación. No ligaba con exactitud cuál era el proceso. Un día mi papá me llevó a los Estudios Azteca, en Coyoacán. Ahí estaba Carlos Savage, editor de Los olvidados. Con él aprendí que la cinta corre a 24 cuadros por segundo, que lo que se llama la “persistencia de la retina” consiste en que se nos queda grabada la última imagen que miramos y eso da la sensación de movimiento. Ahí, sentado en las piernas de Savage, me asomé a través de una lupa pequeñita de la máquina de edición y vi un tronco y a tres charros... cantando. En ese instante decidí a qué iba a dedicar el resto de mi vida. Jamás se me ocurrió hacer otra cosa.
“Dirigí mi primera cinta a los 21 años. Nunca fui a una escuela de cine. En los años 60 en Rectoría de la UNAM tomábamos clases y clases con Revueltas, Reuter, García Riera. Aprendí preguntando. No me corrían de las clases rápido, pero terminaban por hacerlo porque siempre he sido insistón y muy curioso.
“Entonces la oferta cinematográfica era muy amplia: había películas americanas, cine italiano. Cada una era un acontecimiento que se esperaba con ansia, como cuando Antonioni filmó un cuento de Cortázar. Eran obras, no productos como ahora en que el cine está sumido en la avaricia. Ya no se toman riesgos: se va a lo seguro. El cine dejó de estar en manos de cineastas y pasó a manos de los abogados.
“En el cine uno aprendía todo: a sacar a una muchacha, cómo protegerse de un vampiro, a besar, aunque me daba una vergüenza inmensa ver a los actores besándose en pantalla. En la vida real los besos me encantan, pero me llena de pena verlos en una película y mucho menos dirigirlos: en mis películas nunca hay besos. Me ataca una timidez espantosa.
“En los 57 años que llevo de ver películas nunca he conocido el aburrimiento. Me parece que lo realista puede ser tan artificial como todo lo demás; que la realidad no tiene estructura. El cine, como el relato, le dan forma, y ahí entran la fantasía, la invención, la búsqueda. Al final, la memoria es porosa y registra las cosas a su manera. Hoy, como aquella primera vez, no quiero parpadear. No quiero perderme nada. ”
Artículo publicado por Laura Emilia Pacheco en www.eluniversalonline