jueves, 29 de septiembre de 2005
Una propuesta alucinante
Hoy en día, todo mundo parece haber olvidado que Dead Can Dance dominaba el mundillo gótico hace una década.
Las gloriosas épocas de mediados de los 90s nos regaló verdaderos edificios musicales barrocos, oscuros y melancólicos como Cocteau Twins, Bel Canto, Meat Beat Manifesto, This Mortal Coil, The Cranes, Stoa y, obviamente, Dead Can Dance.
Lejos, muy lejos de los góticos maquinados como Lacrimosa y demás, Dead Can Dance y sus secuaces apostaban por refinar el género y adaptarle notaciones musicales extravagantes que le daban a su música un efervescente toque cinematográfico.
El resultado de los australianos liderados por Brendan Perry, un lobo barbado de enormes alcances compositivos y Lisa Gerrard, una verdadera diva, poseedora de una voz celestial e hipnotizante, que lo mismo recuerda los aleteos de un hada que las danzas de una ninfa, era, además de especial, muy místico.
La efímera pero palpable frialdad de corte oscuro era delimitada por aires salvajes ganados principalmente por las pinceladas percusivas que imprimen un sentimiento pagano y tribal. Si a ello añadimos una atmósfera melancólica nada predecible, además de la sugestiva y dulce voz de Lisa Gerrard, tendremos a una de las bandas más imaginativas de la estos tiempos.
El espectro es tan amplio y sus líricas tan profundas, que remitirlos al New Age es un crimen por sí mismo. La elegancia demencial de Dead Can Dance no comulga con los lineamientos comerciales y obligados de un género inventado por la mercadotecnia. Aunque muchos se vayan con la finta.
Los recitales de la pareja, que se acompaña de una docena de músicos en escena, son una pasarela de emociones y sentimientos apuntalados por imágenes en pantalla gigante, además de mostrar una verdadera colección de instrumentos poco comunes.
Folk europeo, emociones renacentistas e historias medievales musicalizadas son el bagaje cultural de una banda que se alimenta del mundo, sus secretos y su magia para crear un vendaje musical fuera de lo común. Extravagante, pero fino.
Perry, otrora miembro de la banda punk australiana Scavengers, se cansó de no lograr contratos y optó por experimentar atmósferas y secuencias bizarras en un sintetizador.
A principios de los 80 nace Dead Can Dance, ya con Perry y Gerrard al mando, y decidieron radicar en Londres, en donde firmaron velozmente con una verdadera máquina de alhajas renacentistas: 4AD (la misma que descubrió y firmó a The Pixies). La combinación perfecta.
No pasó mucho tiempo para que Dead Can Dance se ganara la admiración del mundo, pasando de un nivel subterráneo a ser banda de culto, un mito viviente, la referencia obligada de una generación ávida de buena música y, principalmente, de imágenes para pensar y analizar.
La banda se dedicó a meter sus creativas narices en cuanto proyecto podían, además de los suyos. De esta manera su arte quedó plasmado en discos y recopilaciones verdaderamente históricos: It'll End in Tears, del grupo This Mortal Coil; Lonely Is an Eyesore, recopilación de 4AD; El Niño de la Luna, para la película de Agustín Villarongas; además de Sahara Blue y Baraka, esta última una demencial película-documental estelarizada por postales vivientes y musicalizada por Dead Can Dance.
Ahora que estarán en México, vale la pena ir a verlos, chicos.


