No hay duda de que la obra de Charles Fort inspiró al más grande poeta de los universos paralelos, H. P. Lovecraft, padre de lo que se ha convenido en llamar «ciencia–ficción» y que se nos presenta, en realidad, al mismo nivel de las diez o quince obras maestras del género, algo así como la
llíada y la
Odisea de la civilización en marcha.
Yo no creo que debamos creerlo todo, pero sí que todo merece ser examinado. A veces el estudio de los hechos conduce a la más amplia expresión de los hechos verdaderos. No se puede alcanzar algo completo practicando la omisión.
Como el estudio científico del pasado remoto de la Humanidad apenas ha empezado y reina en él mucha confusión, cualquier hipótesis surgida de información documentada no es más inverosímil ni está menos fundada que las corrientemente admitidas. Lo importante es dar a la cuestión un máximo de amplitud.
Según el método clásico, hay dos géneros de hechos: los condenados y los otros. Por ejemplo, las descripciones de ingenios volantes en textos antiquísimos, el empleo de fuerzas parapsicológicas entre los «primitivos» o la presencia de níquel en monedas del año 235 a. C., (se trata de las monedas acuñadas por el rey Eutidemus II, 235 años a. C., según el
Scientific American), son hechos condenados y excluidos.
Hay dos clases de hipótesis: las molestas y las otras. Los frescos descubiertos en la gruta de Tassili, en el Sahara, representan principalmente personajes tocados con cascos de largos cuernos, de donde parten unos cohetes dibujados a base de millares de puntitos. Se dice que son granos de trigo, testimonio de una civilización campesina.
Bien, pero nada lo prueba. ¿Y si se tratase de la representación de campos magnéticos? ¡Horror! ¡Espantosa hipótesis! ¡Brujería! ¡La camisa de azufre! ¡A la hoguera! Llevado al extremo, el método clásico, al que bien podríamos llamar inquisitorial, conduce a resultados como el siguiente:
Un clérigo indio, el reverendo Pravanananvanda, y un biólogo americano, el doctor Strauss, de la «John Hopkins University», acaban de identificar al abominable hombre de las nieves. Se trata, según ellos, pura y simplemente, del oso pardo del Himalaya.
Ninguno de los dos competentes sabios ha visto nunca al animal. Pero declaran: «como nuestra hipótesis es la única que no es fantástica, debe de ser la buena». Se faltaría, pues, al espíritu científico, prosiguiendo vanas investigaciones. ¡Gloria al reverendo y al doctor! Sólo falta que comuniquen al yeti que
él es el oso pardo del Himalaya.
Triar lentejas es una acción útil, pues las piedrecitas no son comestibles. Pero nada prueba que ciertas hipótesis excluidas y ciertos hechos condenados no sean alimenticios.
En el estudio de las civilizaciones pasadas hay numerosas denegaciones de prueba, exclusiones a priori, ejecuciones inquisitoriales. Las ciencias humanas han progresado menos que las ciencias físicas y químicas, y el espíritu positivista del siglo XIX impera aún como dueño, tanto más exigente cuanto que siente acercarse la muerte.