lunes, 10 de octubre de 2005

El Nintendo del señor Matsumoto

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Para describir la alienación masificada del hombre contemporáneo, o la opresión seriada bajo regímenes fascistas, se suele recurrir al paralelo con el mundo de las hormigas. Nada más erróneo, amén de ofensivo para con esos insectos, que poseen una individualidad mucho más desarrollada de lo que se cree. Además, su estructura organizativa y social, entendida como macroorganismo, es del todo ajena a la relación individuo-institución que tenemos los humanos.

Por eso el universo escénico de la compañía japonesa Ishin-ha es aberrante: porque no contempla ningún espacio para la diversidad, sino la del adolescente criminal o romántico, es decir, estereotipos vacíos. Un mundo, además, sólo de adolescentes, donde no caben ancianos, adultos o niños. Un mundo asexuado, donde cuesta distinguir varones y niñas.

Esta fabricación de lo idéntico empieza por los movimientos, cuya perfección mecanizada es de una pobreza expresiva desoladora, tanto como el gris de los edificios que constelan la ciudad burda copia de la Metrópolis de Fritz Lang, como lo es gran parte de la coreografía, pero que del film toma sólo la superficie.

Si su objetivo es denunciar los derroteros de nuestra civilización, su lenguaje es la pura monotonía repetitiva de un juego de Nintendo, sin enriquecer un ápice nuestra visión del mundo. Es un falso dilema discutir si la función del arte es imitar o inventar la realidad: una obra de arte está integrada dentro del mismo circuito de relaciones que tienen entre sí dos personas o un sujeto y un objeto. Lo peligroso es confundir el objeto de un discurso con el discurso mismo. Como dice Walter Benjamin: "Una cosa es la descripción de la confusión y otra, muy distinta, es una descripción confusa".

La obra del señor Matsumoto como se presenta el director de la compañía, con reverencial formalismo nipón, en el programa de sala carece de toda complejidad. Ni las sonoridades de un minimalismo insulso ni las vocalizaciones de sus ¿cómo llamarlos? "ejecutantes" denotan algo que aluda vagamente a la problemática del mundo en que vivimos.

Lo que nos presenta es pura exterioridad, geometría vacía, sin más afán que autoproducirse dentro de un contexto cuyos autómatas-ejecutantes lo mismo cargan peces que ametralladoras, redes para cazar mariposas o cajitas con algún misterio metafísico adentro. Incluso ante la ausencia de sobretitulado, no se echa de menos el significado de unos parlamentos que se intuyen tan inexpresivos como la gimnasia de sus hablantes, vestidos todos de blanco, gris y beige.

Lo dicho no impide que la escalofriante sincronía de ciertos cuadros plásticos irradie una belleza que no es exagerado llamar aterradora. No por el supuesto contenido al que aluden, sino por su propia forma. Y es que un artista no se limita a "reflejar" el mundo, sino que además prefigura una idea de un mundo deseable. En este sentido, la estética de Ishin-ha anuncia un mundo habitado por esas figuritas de Nintendo que inundan nuestras pantallas y nuestras vidas, y que, en su banalidad simplista, constituyen un insulto a un género popular tan noble como el cómic.

Ahora, la intención del señor Matsumoto tampoco es recrear Un mundo feliz, de Huxley, lo que sería un anacronismo imperdonable. No. Su fábula aspira a ser una protesta contra la alienación contemporánea. Sin embargo, todo en su lenguaje rezuma una chatura limitada al tecnicismo obsesivo donde se ha autoconfinado incluida su pobrísima estructura narrativa, como ciertos pacientes esquizoides que durante años y años dibujan infinitas rayitas en una pared, y cuando alguien les pregunta qué es, entre enojados y displicentes, responden: mi familia o… el bosque.

Pero los pacientes esquizoides, pese al sufrimiento que les provocan sus obsesiones mentales, suelen tener delirios originales, que trasuntan una riqueza sicológica y afectiva bastante notable. No así las figuras de La puerta del verano (título del espectáculo, sin que se comprenda el porqué), planas como la estructura mental de quien las ha concebido.

Con todo, es probable que estemos ante una forma de expresión inédita, que refleja una nueva sensibilidad, atrofiada y amoral. Es probable que se trate de un tipo de arte para el cual emocionar sea ya una función aleatoria, incluso desechable, como generar algún tipo de reflexión.

Es probable que yo esté incapacitado para comprenderlo y, por supuesto, para disfrutarlo. Pero si ese es el arte del futuro, el futuro es de una tristeza insondable.


Texto publicado por Javier Barreiro en eluniversalonline.


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WOWO, qué bien dicho está esto que escribió Barreiro...es para reflexionarloco


Es verdad lo que dice el artículo, aunque algunas cosas habría que reflexionarlas y ver todo el bosque.Fumador