miércoles, 19 de octubre de 2005

Los detectives salvajes…

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La muerte prematura de Roberto Bolaño generó una amplia resonancia en el medio literario, en especial desde la voz de muchos escritores jóvenes.

Pocos autores chilenos de las últimas décadas, y en tan poco tiempo, han dejado una impronta que otros escritores aprecian como un camino a seguir y profundizar, tanto en lo que se refiere a las formas por las que incursionó su escritura, como a la relación apasionada de un autor con la literatura.

La narrativa de Roberto Bolaño es singularísima; hasta sus críticos más adversos lo reconocen. En efecto, en menos de diez años la singularidad de Bolaño se ha impuesto en el campo de las letras hispanoamericanas. Más que ocupar una posición existente, ha creado una nueva posición, como diría Pierre Bourdieu, por el hecho de conciliar calidades y contenidos tradicionalmente opuestos: lirismo y tensión narrativa, intensidad y extensión, elegía y alegría.

Bolaño, el joven escritor que ganara en su momento el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos con su obra “Los detectives salvajes”, ha despertado, en suma, el interés y la curiosidad de muchos lectores de lengua hispana por su modo de hacer literatura.

Me entero de que hace poco se acabóa de publicar su última novela: 2666, póstuma por cierto, y que para muchos constituye una de las obras más grandes escritas en lengua castellana por un escritor latinoamericano. En todo caso, 2666 habrá de ser tema para otro post. Por ahora quiero centrarme en “Los detectives salvajes” porque me parece que vale la pena.

No obstante ser un armatoste de más de 500 páginas, cualquier lector que tenga antecedentes sobre la calidad literaria de Bolaño, seguro se integrará rápidamente en la estrujante trama de “Los detectives salvajes”, atrapado sin remedio en la extraña y sediciosa telaraña que el autor va tejiendo poco a poco en torno a su estructura múltiple, en la construcción de los personajes, en el manejo del lenguaje y en la significación del sentido de la historia.

“Los detectives salvajes” no es una novela que se agote en su propia historia sino que la trasciende, pues de alguna manera narra en un espejo de vida la odisea personal de todos aquellos que transitamos los tiempos presentes.

La obra está dividida en tres partes, que en realidad son dos, pues una de ellas se abre para contener a la otra: la ya típica estructura de las cajas chinas pero con variaciones interesantes. Además, las deudas con la tradición y la modernidad no sólo son tributadas en el texto sino también en su complejidad estructural. Las distintas historias y personajes que se entrecruzan o se desencuentran constituyen las piezas de un collage, los fragmentos de un todo inatrapable.

Todo el tejido narrativo crea una atmósfera de vaguedad, de falta de certeza, de incertidumbre. El itinerario de la historia está marcado por voces, tiempos y espacios bien determinados que, no obstante y paradójicamente, construyen una estética de la imprecisión. Los personajes de Ulises Lima y Arturo Belano se dibujan y se desdibujan en otras voces, la historia está abierta y el lector no puede saberlo todo ni lo sabrá jamás. Es el deseo insatisfecho, el otro inalcanzable, la quimera de conocer lo desconodido.

Bolaño plasma así la incertidumbre que define esta época, la certeza de la no existencia de una verdad ni de un absoluto, la sospecha o la certidumbre de tomar por cierto lo falso y viceversa. "Pero todo eso ahora no existe: es más una certeza verbal que vital. Lo cierto es que un día todo se acabó y me quedé solo con mi Picabia falsificado como único mapa, como único asidero legítimo".

En este contexto de oscurecida condición, el lector no debe perder la pista de las fechas, ya que se encontrará con la simultaneidad entre los episodios de Amadeo Salvatierra y Los desiertos de Sonora, sobre todo porque no se sabe quiénes son los interlocutores de Salvatierra, pero se sospechan o se dan por sobreentendidos por los indicios narrativos.

El registro íntimo del diario o la confesión es la estrategia que propicia el despliegue de voces, miradas e incompletitudes.

Siempre se conocerá la historia por los testigos, protagonistas también y que sólo pueden dar su visión. El lector transita con ellos y así puede saber más que cada uno de los narradores testigos, pero siempre desde la carencia y la duda omnipresentes. El saber del lector se va conformando desde la suma de los fragmentos y, apenas, se concretará en un final penumbroso e incierto.

Los personajes secundarios, si optamos por una denominación tradicional, construyen con su mirada a los principales: a Arturo Belano (apellido muy similar a Bolaño, además de ser chileno el personaje, lo que sugiere un posible sesgo autobiográfico) y a Ulises Lima, enigmático y oscuro personaje. No se tendrá la certeza de que ciertamente sean así como nos lo cuentan, siempre estaremos aproximándonos a la sombra de cada uno de ellos, a su impresión. Entonces, el lector es obligado a convertirse también en un"detective" que no puede responder qué hay detrás de las desdibujadas ventanas donde otea.

En la novela, Ulises Lima es un antihéroe al igual que Arturo Belano. Este último, exiliado sin regreso, persigue a la muerte. Es ella su Itaca. Por esta razón, uno regresa, el otro no: cumplen, de alguna manera, la ruta de los arquetipos con los cuales se pueden asociar (Odiseo y el rey Arturo —de la muerte de Arturo no se tiene certeza—). Las pruebas enfrentadas no han traído la victoria sino el escepticismo y el desengaño existencial, el cansancio, el tedio, el hastío .

De alguna manera, la relación de “Los detectives salvajes” con la obra de Homero se reafirma por la estructura episódica del libro: cada capítulo o sección posee independencia propia a la vez que va trazando una historia única, y en la segunda parte (tal como en La Ilíada) cada personaje que habla se convierte en héroe de su propio instante.

Por supuesto, esta épica que narra Bolaño es desde la perspectiva de un mundo degradado. Hay que recorrer todas las páginas para vislumbrar (y aquí es clave el capítulo 23 de la segunda parte) que “Los detectives salvajes” cuentan la épica y la saga de una generación, la nacida en lo años 50, la de los actuales cincuentones, fracasados e impotentes. No es gratuito que la impotencia sea una de las circunstancias que marcan a algunos personajes y es obvio que no es sólo una referencia física y sexual, sino también un símbolo de imposibilidad existencial.

Los héroes se pierden en el olvido, desdibujados. Su permanencia está justamente en su ausencia.

Los detectives salvajes es una novela que dentro del contexto de la literatura latinoamericana funciona como vínculo entre pasado y presente. Estética y temáticamente tiende un puente entre modernidad y posmodernidad, entre lo real maravilloso —que transita muy levemente en sus páginas al igual que cierto aire rulfeano— y la narrativa del posboom. No rompe, sino que vincula. Es una continuidad cuyo hilo —tal como lo señala Carlos Noguera en la contraportada— se remonta a las grandes novelas de aventura y también al realismo estilo Hemingway.

Los detectives salvajes es un buen ejemplo de cómo las estructuras de la llamada subliteratura (novela policial y diario) son el pretexto para que acaezca una buena historia que trasciende más allá de sus propios límites y evoca la presencia de una vida que se escapa y a la vez ahoga. Toda la trama está tejida como una red, como una especie de trampa.

Hay en el libro de Bolaño una idea simple y obvia, aunque narrativamente oculta e incidental: de que a medida que envejecemos y si abandonamos la poesía, nos olvidamos a nosotros mismos: ahí está la voz de Amadeo Salvatierra diciendo: "yo también, llegado el momento, dejé de escribir y de leer poesía. A partir de entonces mi vida discurrió por los cauces más grises que uno pueda imaginarse".

Finalmente, la respuesta sustancial acerca de por qué atrapa esta novela parece ser suspenso… suspenso: como misterio, como hilo de Ariadna, como un estado interior que propicia desde la incertidumbre. Suspenso, uno construido de la nada que arropa a seres marginales y marginados devorados por los acontecimientos, silenciados por los sucesos, sin percatarse, exponiendo el sin sentido de sus vidas y la de todos.

Los detectives salvajes recupera el sentido de la saga y construye un grand récit a partir de la insignificancia de una generación cuyo rumbo está determinado por la impotencia frente a un mundo donde el sinsentido es más que evidente, y el poder de lo material, determinante.


Añadir comentario


No he leido a Bolaño, pero por la reseña, suena interesante. Grax Oswaldo.Fumador


Vaya que sí. ¿leyeron el de "Putas asesinas". Todo un librazo, xD. Saludines oswaldo.Chica


Pues tiene días que me hice de "2666", aunque no he comenzado a leerla. Estoy en ascuas después de leer esta reseña, aunque ya tenía conocimiento de su talento. Algo comentaré después, chicosss....Payaso