miércoles, 19 de octubre de 2005

Una práctica de 3 mil años

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Los pueblos del México prehispánico expresaron en el juego de pelota toda la riqueza de su visión del mundo, así como el orden cósmico que el hombre debe mantener, aun a costa de su vida, escribió la arqueóloga Marcia Castro-Leal.

En toda Mesoamérica dicha práctica de carácter religioso y ritual estuvo presente desde épocas tempranas.

De acuerdo con la concepción de los antiguos pobladores, el cielo era el campo donde jugaban los dioses; ellos simbolizaban conceptos antagónicos y fuerzas opuestas, que al enfrentarse, trataban de establecer cierto equilibrio en el universo con la idea de mantener su propia supervivencia. El juego de los hombres era por lo tanto, una trasposición de ese juego-duelo estelar.

Con la Conquista, su práctica se eliminó en las ciudades, pues los evangelizadores suponían brujería y pactos satánicos. Sin embargo, en regiones alejadas, eso no ocurrió y ha tenido una continuidad a lo largo de más de 3 mil años.

Ya en el siglo XVI contó con un nuevo elemento: las apuestas, que indican la clara desacralización del juego, el otorgarle un carácter recreativo y profano.

Las apuestas iban de acuerdo con la posición social de los participantes: oro, cuentas de piedra verde o chalchihuites, turquesas, esclavos, casas, etcétera. entre los señores y nobles; si los participantes eran de origen humilde, apostaban mazorcas, magueyes, a ellos mismos o a sus hijos que quedaban en calidad de esclavos.

Torquemada refiere que Axayácatl apostó las rentas del año y unos pueblos de la laguna en contra de la ciudad del señor de Xochimilco y habiendo perdido, mandó asesinar a este último.

Según investigadores, el juego de pelota llegó a tener un carácter decisivo en la resolución de problemas políticos, militares y económicos que surgieron entre los diferentes señorios mesoamericanos, antes de la llegada de los conquistadores.

La supervivencia de esta práctica se localiza en cuatro regiones del país: al norte de México, en el estado de Chihuahua, con la "carrera de bola"; al noroeste, en Sinaloa, el "ulama" con tres variantes; en el occidente, específicamente en Michoacán, el "pasiri-A-Kuri" y la "pelota tarasca" y al sur de Oaxaca "la pelota mixteca", también con tres modalidades.

En algunas poblaciones indígenas, el juego persiste como una práctica deportiva en condiciones marginales, asociado a manifestaciones agrícolas, pero conserva sus rasgos originales (reglas, técnicas, tabúes).

Así por ejemplo, el actual juego de "pelota mixteca" se practica en localidades zapotecas y mixtecas de Oaxaca, en las ciudades de México, Puebla, Cuernavaca, Orizaba y en algunos sitios de Estados Unidos. En estos últimos lugares, se trata de jugadores oaxaqueños emigrados.


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Se lamenta que esta práctica prehisánica se haya perdido en la noche de los tiempos.