sábado, 22 de octubre de 2005

Los brujos nunca mueren…

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En el año 1733, Fray Diego Núñez fue prior del monasterio de Nuestra Señora de la Asunción de Amecameca y tenía una esclava mulata a la que sorprendió, cierta noche, haciendo el amor con un pintor que vivía en el convento.

Estos líos conventuales no debían de ser historias demasiado escandalosas por lo mucho que sabemos sobre cómo se resolvían acusándose los unos a los otros de practicar la hechicería.

El investigador don Ramón Ramírez nos cuenta esta peripecia tan adornada con actos de brujería que uno llega a pensar que la principal condición de los brujos y las brujas era su capacidad para inventarse historias nauseabundas.

De España habían heredado, los habitantes de las Américas, cierta afición leguleya para llevar al papel todo tipo de escabrosas confesiones y de tortuosas denuncias. El prior sufrió tales tormentos que acusó a la mulata, quien le devolvió las acusaciones, y así se fueron enredando los unos a los otros, mientras el enemigo común parecía ser el demonio.

Yo sospecho que el diablo no fue el culpable del escándalo sino más bien la carne que encendió el fuego sensual del pintor, la mulata y el prior.

A juzgar por lo que está ocurriendo ahora en nuestro país, el asunto no terminó en Amecameca sino que sigue teniendo repercusiones, y quienes se dicen brujos o brujas ofrecen la magia de sus conocimientos para curar a los priores que andan por las noches descubriendo la lujuria en sus conventos.

Asombra cómo señoras de aspecto confiable andan buscando polvos mágicos para atraer a pintores, y cómo caballeros se toman, sin advertirlo, chocolate contaminado. La brujería ha vuelto y está entre nosotros, que nos limitamos a contemplar estas historias del ayer y el hoy con una sonrisa sarcástica.

Alrededor de nuestra Catedral se están aposentando los más curiosos vendedores de hierbas que pretenden no sólo curar el cáncer sino también apagar amores, encender la llama de otros nuevos, llevar la lujuria a los cuerpos ancianos y conseguir que renazca el deseo en donde todo se apaciguó hace años.

Es curioso que sea la Catedral el polo de atracción de tanto brujo y tanta bruja.

Acaso se deba a que cuando se enciende la llama de la fe, ésta lo quema todo.



Paco I. Taibo.


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Todo el mundo le hace la luchita Oswaldo, porque según dicen, no hay nada peor que ver como se desvanece el furor de la juventud...nosotros, en todo caso, todavía tenemos para rato jejejeGuiño Saludos.


¿En la catedral? Haberlo dicho antex, xDDD...¡salgo voladita para allá! jejejeMuchas risas


Excelente nota la de Taibo... da gusto leer al maesdtro, hoy creo que ya retirado de las labores del periodismo. Saludos.