“Conócete a ti mismo y conocerás al Universo y a los Dioses”
Orden Rosacruz A.M.O.R.C.
Un día de 1622, los parisienses vieron pegados en sus paredes unos carteles concebidos en estos términos:
«Nosotros, delegados del colegio principal de los Hermanos de la Rosacruz, hemos venido visible e invisiblemente a esta ciudad, por la gracia del Altísimo al que se vuelven los corazones de los Justos, a fin de librar a los hombres, nuestros semejantes, de error mortal.»
Muchos consideraron que se trataba de una broma: pero, como nos recuerda hoy Monsieur Serge Hutin: «Se atribuía a los Hermanos de la Rosacruz la posesión de los secretos siguientes: la transmutación de los metales, la prolongación de la vida, el conocimiento de lo que ocurre en lugares alejados, la aplicación de la ciencia oculta al descubrimiento de los objetos más escondidos» (
Hutin: Histoire de Rose-Croix. Gérard Nizet).
Suprimamos el término «oculto» y nos hallaremos con las facultades que posee, o tiende a poseer, la ciencia moderna. Según la leyenda forjada con mucha anterioridad a aquella época, la sociedad de los Rosacruz pretendía que el poder del hombre sobre la Naturaleza y sobre sí mismo llegaría a ser infinito, que la inmortalidad y el control de todas las fuerzas naturales estaban a su alcance y que todo lo que pasa en el Universo puede serle conocido.
Nada absurdo hay en ello, y los progresos de la ciencia han confirmado en parte aquellos sueños. De modo que la llamada de 1622, traducida al lenguaje moderno, podría fijarse en los muros de París o publicarse en los diarios del mundo si los sabios se reunieran en congreso para informar a los hombres de los peligros que corren y de la necesidad de orientar sus actividades según nuevas perspectivas sociales y morales.
Cierta declaración patética de Einstein, cierto discurso de Oppenheimer, cierto editorial del
Boletín de los atomistas americanos, tienen el mismo son que el manifiesto de los Rosacruz. En ocasión de la conferencia sobre los radioisótopos celebrada en París, en 1957, el escritor soviético Vladimir Orlof escribió: «Todos los
de hoy deben recordar los estatutos de sus predecesores de la Edad Media, estatutos conservados en una biblioteca de París y que proclaman que sólo pueden consagrarse a la alquimia los hombres de corazón puro y elevadas intenciones.»
La idea de una sociedad internacional y secreta de hombres intelectualmente muy avanzados, transformados espiritualmente por la intensidad de su saber, deseosos de defender sus descubrimientos científicos contra los poderes organizados, contra la curiosidad y la codicia de otros hombres –reservando para el momento oportuno la utilización de sus descubrimientos, o enterrándolos por varios años, o poniendo sólo una pequeña parte en circulación–, esta idea, digo, es a la vez muy antigua y ultramoderna.
Era totalmente inconcebible hace sólo cincuenta años. En cierto modo, se puede afirmar que tal sociedad existe en este momento. Ciertos huéspedes de Princeton –pienso esencialmente en un sabio viajero oriental, Rajah Rao –pueden haberlo advertido.
Si nada prueba que la sociedad secreta Rosacruz existió en el siglo XVII, todo nos invita a pensar que una sociedad de esta naturaleza se ha formado ya hoy en día, por la fuerza de las cosas, y que se inscribe lógicamente en el futuro. Pero hay que explicar la noción de la sociedad secreta. Esta noción, tan lejana, es aclarada por el presente.
Volvamos a la Rosacruz. «Constituyen, pues –nos dice el historiador Serge Hutin–, la colectividad de los seres llegados a un estado superior a la Humanidad corriente, poseedores por ello de los mismos caracteres interiores que les permitan reconocerse entre ellos.»
Esta definición tiene la ventaja de eludir el fárrago ocultista, al menos a nuestros ojos.