lunes, 24 de octubre de 2005
El violinista y el mar
Desde hace un tiempo a la fecha, actrices y actores inquietos, excelentes en su trabajo, casi siempre, han caído en la tentación de ponerse detrás de la cámara, y algunos, como el caso de Charles Dance, actor de gran calado dentro del teatro y el cine inglés, lo hacen con el pie derecho en su debut.
Dance ha encontrado, casi azarosamente, una historia simple, diría Flaubert, pero llena de evocaciones, de sugerencias; al relato le ha vestido de un contexto de lo más interesante, Inglaterra, 1936, entreguerras, para luego dejarlo fluir por la vía de una selección básicamente atinada de su cuadro actoral.
Y es que, si bien la presencia de actrices de primer orden como son Judy Dench, Maggie Smith o Myriam Margolies, más el trabajo secundario, aunque central de Natascha Mc Elhone es delicado, exquisito, no lo es del todo el de Daniel Brühl (Adiós Lenin), quien junto a las magistrales actrices todavía se encuentra un poco verde.
Sin embargo, este pequeño tropiezo en la selección del actor tampoco rompe para nada la coherencia del trabajo de mujeres exquisitas que logran que el papel del joven músico extranjero se desarrolle adecuadamente en su caracterización de un ser perdido en los enigmas de la lengua, en su inclusión en otra forma de vida, en sus desencuentros con los habitantes de la región, pero también en sus encuentros.
El relato que sedujo al actor Charles Dance para ponerlo detrás de la cámara es un retorno a la actividad de contar historias de la vida cotidiana, un propósito que en el caso de El violinista que llegó del mar, nunca se pierde con vueltas de tuerca inverosímiles, con caracteres que llegan a la caricatura como muchos de los que vemos en el cine actual, sino que, por el contrario, rescata la vida simple de una sociedad que se encuentra en las proximidades de una guerra y que todavía no intuye cuál será su papel.
Las hermanas Úrsula y Janet (Judi Dench y Maggie Smith, respectivamente) son el centro de una narración en la cual la presencia de un joven extraño en la vida de dos mujeres que rozan la vejez logra que afloren nuevas condiciones de convivencia entre una solterona y una viuda que viven juntas y que poco se preguntan por la vida más allá de las paredes del lugar que habitan.
Las costumbres, las manías, los horarios inamovibles, el recuento de pequeñas monotonías se rompen con la llegada de un individuo inesperado que logra revivir en las hermanas distintos sentimientos, siendo los de Úrsula los más próximos a una sensualidad tardía.
Lo que en manos de otro director o de otra clase de cinematografía hubiera bordado toda clase de truculencias, de trampas para jugar con la sensibilidad de los espectadores, es en El violinista que llegó del mar, un interesante reto para dejar de lado los contrastes en blanco y negro a los que Hollywood nos ha confinado.
Charles Dance logra capturar los deseos, las fantasías, las simplezas de la vida cotidiana pero también, el humor, el reencuentro con lo mejor de la existencia sin acudir en ningún momento, ni al chantaje sensiblero ni a una postura solemne como con frecuencia se les endilga a esta clase de historias y a la interpretación, muchas veces cuadrada, de ciertos intérpretes de teatro (como son la mayoría de los que aparecen en esta película).
Por el contrario, el sentido del humor más inglés aparece como parte de una deliciosa historia en la que la espectacularidad se consigue a fuerza de actuaciones extraordinarias que evocan la vida simple y no más.
Añadir comentario
WOWO, no suena tan mal Sayuuz, e intuyo que esta es una de esas películas nostálgicas con sentido y mensaje como hay muy pocas en estos tiempos. Bien.

